José de Arimatea era un discípulo rico que seguía a Jesús en secreto por miedo a los judíos; pidió con valor a Pilato el cuerpo de Jesús y proporcionó un sepulcro para la sepultura del Señor.
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Vida e historia
José de Arimatea entra en la narrativa del Evangelio la tarde de la crucifixión de Jesús. Era un hombre rico de Arimatea, y los escritores del Evangelio lo identifican específicamente como un discípulo de Jesús, mostrando que a pesar de su riqueza había elegido seguir al Nazareno. Mateo registra que vino a reclamar el cuerpo de Jesús cuando había caído la tarde (Ὀψίας γενομένης), confiriendo un peso solemne al momento—mientras la vida terrenal del Señor llegaba a su fin, un discípulo dio un paso adelante para asumir la responsabilidad de la sepultura. El Evangelio de Juan añade un detalle crucial: José había sido discípulo en secreto, por temor a los judíos. Sin embargo, después de la muerte de Jesús, su coraje se encendió, y pidió abiertamente a Pilato (ἠρώτησεν τὸν Πειλᾶτον) permiso para llevarse el cuerpo. Cuando Pilato concedió su solicitud, José tomó el cuerpo y lo preparó para la sepultura. La tradición evangélica registra igualmente que tenía un sepulcro nuevo listo y, junto con Nicodemo, envolvió al Señor en lienzos y especias según la costumbre judía de sepultura, concediendo a Jesús un lugar de reposo honorable acorde con su identidad. En la memoria de la iglesia, José de Arimatea encarna una transformación—de fe oculta a testimonio público. Aunque no siguió a Jesús abiertamente durante el ministerio del Señor, al pie de la cruz se convirtió en uno de los primeros en reconocer al Maestro. Su relato se cita a menudo como un aliento a la fe: aun cuando el temor lleva a una persona a mantener en secreto su creencia, el momento de gracia puede conmover el corazón para dar un paso adelante con valentía por el cuerpo de Cristo y por la verdad. Su nombre queda así vinculado para siempre con la narrativa del Evangelio pascual.