Manasés fue el rey de Judá que reinó por más tiempo, ascendiendo al trono a los doce años y gobernando en Jerusalén durante cincuenta y cinco años. Su reinado temprano estuvo marcado por una extrema maldad, sin embargo en años posteriores se humilló ante Dios en profunda aflicción, presentando un modelo profundo de arrepentimiento.
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Vida e historia
Manasés ascendió al trono de Judá a la edad de doce años, convirtiéndose en el monarca con el reinado más largo del reino del sur y gobernando en Jerusalén durante cincuenta y cinco años (2 Reyes 21:1). Su madre se llamaba Hephzíbah. Su reinado inicial se registra en las Escrituras como extremadamente oscuro: hizo lo malo ante los ojos del Señor, imitó las prácticas detestables de las naciones vecinas, construyó lugares altos en Jerusalén, erigió ídolos, e incluso hizo pasar a sus hijos por fuego en honor a Moloc, mientras llenaba la ciudad de Jerusalén de sangre de los inocentes. Estas ofensas se citan entre las principales razones históricas del posterior juicio y exilio de Judá, reflejando las devastadoras consecuencias de la arrogancia y la idolatría. Sin embargo, la vida de Manasés no terminó en tragedia. Cuando fue llevado a una gran angustia, las Escrituras registran que suplicó al Señor, Dios de sus padres, y se humilló profundamente delante de Él (2 Crónicas 33:12). Este giro en arrepentimiento se erige como uno de los ejemplos más impactantes de conversión en el Antiguo Testamento, demostrando que incluso un rey culpable de los pecados más graves podía volver a Dios y encontrar misericordia. El legado de Manasés es, por tanto, doble: por un lado, sus pecados se convirtieron en una causa fundamental de la eventual caída de Judá; por otro lado, su arrepentimiento permanece como un testimonio atemporal de la gracia divina, que ninguna transgresión está fuera del alcance del perdón de Dios.