Permanecer en el amor: El misterio de la vid y los sarmientos
Cuando el amor de Dios nos alcanza, echamos raíces y damos fruto dentro de su amor.
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no da fruto, lo quitará; y todo aquel que da fruto, lo limpiará, para que dé más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos: el que permanece en mí, y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si alguno no permanece en mí, es echado fuera como el pámpano, y se seca; y los recogen, y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis las cosas que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros. Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. El que me aborrece, también aborrece a mi Padre. Si no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto, y me han aborrecido a mí y a mi Padre. Pero esto sucede para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron. Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí; y vosotros también daréis testimonio, porque habéis estado conmigo desde el principio.
Juan 15:1–20 se erige como uno de los discursos más íntimos del Evangelio. En el Aposento Alto, la noche antes de su crucifixión, Jesús habla de sí mismo como la vid verdadera y de sus discípulos como los pámpanos. El pasaje revela que el amor divino no es meramente un atributo de Dios, sino la atmósfera misma en la cual su pueblo es invitado a morar.