Agar era la sierva egipcia de Saraí, esposa de Abram. Se convirtió en concubina de Abram y madre de Ismael. En el desierto tuvo un encuentro personal con el Ángel del SEÑOR, y es una de las pocas mujeres en las Escrituras que le dio un nombre a Dios.
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Vida e historia
Agar era una mujer egipcia que aparece por primera vez en la Escritura como sierva en el hogar de Sarai, esposa de Abram. Debido a que Sarai no podía tener hijos, siguió las costumbres de su tiempo y entregó a Agar a Abram para que obtuviera un heredero por medio de ella. El cambio en la condición de Agar después de concebir generó tensión entre ella y Sarai, y huyó al desierto. Allí se le apareció el Ángel del SEÑOR, le prometió que su descendencia sería multiplicada en gran manera, y le instruyó que regresara. Ella dio un nombre al que le hablaba: «el Dios que ve» (El Roi), porque había experimentado de primera mano que aun en su estado humilde y abandonada, los ojos de Dios se habían posado sobre ella. Años más tarde, cuando Abraham celebró el nacimiento de Isaac, el tan esperado hijo de la promesa, la tensión en el hogar surgió de nuevo. Sara insistió en que Agar e Ismael fueran despedidos, y aunque esto entristeció a Abraham, él obedeció la dirección de Dios. Agar y el niño Ismael vagaron por el desierto de Beersheba, sin agua, y ella esperaba la muerte para sí y para su hijo. Sin embargo, Dios oyó la voz del muchacho; el Ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, renovó la promesa concerning su descendencia, y la guio a un pozo de agua. En ese momento aprendió una vez más que el Dios que ve no abandona a los que están en el desierto. La vida de Agar destaca un tema a menudo pasado por alto en las narrativas patriarcales: el cuidado de Dios no se limita al hogar de la promesa. Aunque ella estaba en los márgenes de la sociedad, tenía un estatus bajo, y fue desechada, su nombre aparece en el argumento de Pablo en el Nuevo Testamento como símbolo de dos pactos y dos identidades. Su historia recuerda a los lectores que la gracia y la atención de Dios alcanzan los lugares más inesperados, y que el Dios que se revela en el desierto es el mismo Dios que personalmente ve y responde al clamor del afligido.