Fe y confianza

Avanzando a través de la tormenta: La prueba de la fe y la confianza

Cuando la tormenta de la persecución arrasó la iglesia de Jerusalén, los discípulos llevaron el evangelio a Samaria — y la fe fue forjada en medio de la ruptura.

BibleVibe Editorial5 min de lectura
Traducción:ESV
Hechos 8:1-20
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Y Saúl consentía en su muerte. Y se levantó en aquel día una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y de Samaria, excepto los apóstoles. Y hombres piadosos sepultaron a Esteban, e hicieron gran lamentación sobre él. Pero Saúl asolaba la iglesia, entrando de casa en casa; y arrastrando a hombres y a mujeres, los entregaba en la cárcel. Así que los que fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra. Entonces Felipe descendió a la ciudad de Samaria, y les predicaba a Cristo. Y las multitudes unánimes atendían a las cosas que el Felipe decía, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados. Así que había gran gozo en aquella ciudad. Pero había un hombre llamado Simón, el cual antes había ejercido magia en aquella ciudad, y había engañado al pueblo de Samaria, diciéndose ser algún grande. A éste oían todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. Y le prestaban atención, porque con sus artes mágicas los había engañado por mucho tiempo. Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. También Simón creyó y fue bautizado, y se unió a Felipe; y al ver las señales y grandes milagros que se hacían, estaba asombrado. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan; los cuales descendieron y oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo. Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. Tú no tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega al Señor, si quizá te sea perdonado el intento de tu corazón. Porque veo que estás en hiel de amargura y en prisión de iniquidad. Entonces respondió Simón y dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que ninguna de estas cosas que habéis dicho me sobrevenga. Ellos, después de haber testificado y hablado la palabra del Señor, volvieron a Jerusalén, y evangelizaron muchas aldeas de los samaritanos. Entonces un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto. Y se levantó y fue. Y he aquí, un varón etíope, eunuco,官员 de gran autoridad bajo Candace, reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar; y volvía sentado en su carro, y leyendo el profeta Isaías. Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro. Entonces Felipe, corriendo, se acercó y le oía leer al profeta Isaías, y dijo: ¿Entiendes lo que lees? Y él dijo: ¿Cómo lo podré entender, si alguno no me guiara? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él. Y el pasaje de la Escritura que leía era este: Como oveja fue llevado al matadero; Y como cordero mudo delante del que lo trasquila, Así no abrió su boca. En su humillación su juicio fue quitado; ¿Quién contará su generación? Porque su vida es quitada de la tierra. Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego ¿de quién dice esto el profeta? ¿de sí mismo o de alguno otro? Entonces Felipe abrió su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús. Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua; y dijo el eunuco: He aquí agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar la carroza; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Y cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino. Pero Felipe se encontró en Azoto; y pasando, evangelizaba todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea.

Hechos 8:1-20 traza la dolorosa dispersión de la iglesia de Jerusalén tras el martirio de Esteban, el ministerio de Felipe en Samaria empoderado por el Espíritu, y la visita apostólica de Pedro y Juan quienes oraron para que los nuevos creyentes recibieran el Espíritu Santo. El pasaje pivota desde la violenta oposición de Saulo hasta el generoso derramamiento del Espíritu, exponiendo cómo se ve la fe auténtica cuando el mundo tiembla.

Narration

Trasfondo Histórico y Geográfico

Hechos 8 se abre inmediatamente después de la lapidación de Esteban (cf. Hch. 7:58), donde el joven Saulo "consentía su muerte". Una ola de persecución, dirigida por el mismo Saulo —quien "asolaba la iglesia, entrando casa por casa, y arrastrando a hombres y mujeres los entregaba a la cárcel"— obligó a los cristianos judíos helenistas a dispersarse desde Jerusalén hacia las regiones de Judea y Samaria. Los apóstoles permanecieron en la capital, anclando la iglesia madre mientras la diáspora dispersa se convertía en misionera. El historiador judío Josefo registra que este período vio disturbios recurrentes en Jerusalén bajo los procuradores, incluyendo incidentes de violencia de las turbas y el abuso de la ciudadanía romana (Antigüedades 18.2.2; cf. La Guerra de los Judíos 2.12.1), lo cual ayuda a situar la volatilidad social que Lucas describe. Geográficamente, la acción pivota desde Jerusalén —la ciudad de la esperanza davídica y el monte del templo— hacia el norte, a Samaria, una región despreciada durante mucho tiempo por los judíos observantes debido a su ascendencia mixta y su santuario rival en el monte Gerizim (cf. 2 Reyes 17:24-41). Sin embargo, es precisamente a esta despreciada región fronteriza a donde Felipe "bajó" para proclamar a Cristo. Su predicación fue confirmada por señales: espíritus inmundos que gritaban, los paralíticos y los cojos sanados, y "hubo gran gozo en aquella ciudad". El centro de gravedad de la narrativa se desplaza entonces nuevamente cuando los apóstoles en Jerusalén, al oír que "Samaria había recibido la palabra de Dios", envían a Pedro y Juan para que impusieran las manos sobre los nuevos creyentes. La fe, la geografía y la autoridad convergen en un solo momento —la imposición de las manos apostólicas mediante la cual los samaritanos "recibieron el Espíritu Santo".

El escenario espaciotemporal

En los primeros tiempos de la iglesia, el evangelio se extendió desde Jerusalén por Judea y Samaria mientras los creyentes demostraban su confianza en Cristo en medio de la persecución y el desplazamiento.

Significado Teológico

Hechos 8:1-20 es un drama teológico sobre lo que es la fe y lo que no es,ambientado contra el trasfondo del sufrimiento y la iniciativa divina. 1. El sufrimiento no deshace la iglesia; la multiplica. Lucas escribe con sobrio realismo: Saulo «asolaba» la ekklesia, pero inmediatamente informa que «los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando la palabra». La dispersión es el envío. El viento cruzado de la persecución se convierte en el viento favorable de la misión. La fe, aquí, no es la ausencia de tormenta, sino la obediencia que camina a través de ella. Esto hace eco de las palabras de Jesús de que el grano debe caer en tierra y morir para dar fruto (Juan 12:24). 2. La fe es creencia más bautismo más comunión continua. La predicación de Felipe sobre «las buenas nuevas acerca del reino de Dios y del nombre de Jesucristo» es recibida con fe, y la fe con el bautismo «tanto hombres como mujeres». Simón «creyó también él mismo; y bautizado, se mantenía con Felipe». La fe verdadera no es una opinión privada, sino una incorporación pública. Este es el significado de ser «bautizado en el nombre del Señor Jesús»: transferido a Su nombre, Su propiedad, Su historia. 3. La fe recibe el Espíritu mediante la oración apostólica. Los samaritanos habían creído, habían sido bautizados, se habían regocijado, pero «aún no había descendido sobre ninguno de ellos». La plena dotación del Espíritu viene mediante la imposición de las manos de los apóstoles. La fe, por tanto, no es una transacción de una sola parada; es un camino hacia la plenitud de Dios. La iglesia católica —judío y samaritano, Jerusalén y el despreciado norte— se une aquí visiblemente. 4. La fe no es hechicería, por espectacular que sea. La narrativa contrasta deliberadamente dos respuestas a las señales de Felipe: las multitudes que «creyeron» y Simón, que «veía... las señales y grandes milagros que se hacían» y «se quedaba asombrado». Lucas usa la misma palabra para ambas respuestas —asombro—, pero reserva la palabra «creyó» para los primeros. El espectáculo sin sumisión no es fe; es el precursor de un corazón que busca comprar el Espíritu (v. 19). El contraste agudiza lo que es la fe: confianza en el Dador, no fascinación con los dones. 5. La fe y la confianza se prueban en el abismo entre la irrupción y la plenitud de su llegada. Los discípulos tuvieron que huir de sus hogares. Los samaritanos tuvieron que recibir a los apóstoles judíos. Simón tuvo que elegir entre el asombro y la adoración. Cada uno es un pequeño martirio del control, un renunciar a la autosuficiencia.

Aplicación para Hoy

1. Esperad la dispersión, y predicad en la dispersión. Si enfrentáis un traslado, una pérdida de empleo, una fractura denominacional o el desgarro del duelo, escuchad al Señor decir: «Levántate y ve… porque yo te enviaré lejos, a los gentiles» (Hechos 22:21, recogiendo el testimonio posterior del propio Saulo). El viento que os derriba es, a menudo, el mismo Espíritu que os impulsa hacia adelante. Vuestra próxima geografía —vuestra Samaria— es vuestro campo misionero. 2. Distinguid la admiración de la adoración. Vivimos en una época saturada de señales, prodigios, personalidades y plataformas. Preguntaos, con el ejemplo de Simón como espejo: ¿soy atraído por el poder, o por la Persona? ¿Estoy bautizado en una marca, un líder, un movimiento — o en «el nombre del Señor Jesús»? La fe no es fascinación; es fiducia — confianza que reordena el ser. 3. Orad por el equipamiento más pleno del Espíritu después del bautismo. Si habéis creído y habéis sido bautizados, aún podríais necesitar el equivalente a la imposición de manos — la oración de creyentes espiritualmente maduros, la gracia sacramental de la confirmación, la comunión constante con una comunidad que intercede por vosotros «para que recibáis el Espíritu Santo». La fe alcanza su plenitud a través de tales canales. 4. Rehusaos a despreciar a los despreciados. Felipe descendió a Samaria. Pedro y Juan cruzaron una frontera étnica centenaria. ¿Hacia cuáles «samaritanos» os está enviando el Señor — precisamente hacia aquellas personas que vuestra tradición os enseñó a evitar? La fe actúa donde el orgullo se niega a hacerlo. 5. Dejad que el sepulcro de Esteban y la violencia de Saulo presionen vuestra conciencia. «Varones piadosos sepultaron a Esteban, e hicieron gran gran llanto sobre él». Aun en medio de la crisis, la Iglesia llora a los mártires. Y el perseguidor del v. 3 se convierte en el apóstol del v. 25 del capítulo 9. El Señor traza rectas con líneas torcidas. Confiad en Él con el Saulo que hay en vuestra historia.

Reflexión

Señor Jesús, el que fue ensalzado y cuyo nombre fue hablado primero en Jerusalén y después en Samaria, concédeme la fe que no es sacudida por la dispersión. Cuando caigan las piedras de la aflicción y las casas que he conocido sean registradas, que mis pies hallen el camino de Felipe: hacia abajo, hacia afuera, hacia aquellos a quienes mi corazón ha sido enseñado a rehuir. Enséñame a distinguir la maravilla que deslumbra de la adoración que se rinde. Bautízame una y otra vez en tu nombre, y que la imposición de manos fieles traiga sobre mí la plenitud de tu Espíritu. Confío en ti en el espacio entre lo que irrumpe y lo que llega, entre la dispersión y la reunión, entre la cruz y la corona. Amén.

Preguntas frecuentes

¿Por qué la persecución que dispersó a los discípulos en realidad difundió el evangelio?

Lucas narra la persecución y la proclamación lado a lado, revelando la soberanía divina: el viento terrenal obliga a los creyentes a moverse, mientras que el viento del Espíritu lleva el evangelio a tierra nueva. Jesús ya había prometido en Hechos 1:8 que el mensaje alcanzaría Samaria y hasta lo último de la tierra. La persecución no es un retroceso de la historia, sino combustible para su avance.

¿Por qué los samaritanos habían creído y sido bautizados, pero aún no habían recibido el Espíritu Santo?

Esto no es una observación sobre la insuficiencia de su fe, sino un arreglo teológico: el descenso del Espíritu se retiene hasta la visita apostólica, para que se establezca una unidad visible entre Jerusalén y Samaria. El Espíritu viene mediante la imposición apostólica de manos, certificando que los creyentes judíos y samaritanos pertenecen a un solo Señor y un solo cuerpo.

Simón creyó — entonces, ¿por qué después intentaría comprar el poder del Espíritu?

Lucas distingue cuidadosamente la "creencia" de Simón (asentimiento intelectual) de su "asombro" (fascinación por los milagros). Su fe permaneció en el nivel de reconocer el poder de Felipe sin entregar el suyo propio. Cuando se da el Espíritu, lo que él quiere es influencia, no santidad. La fe verdadera es confianza, no adquisición.

¿Cómo modela Hechos 8 la diferencia entre fe y confianza?

Los samaritanos ilustran la fe — creyeron en la predicación de Felipe y fueron bautizados, un acto objetivo de recibir. Felipe modela la confianza — él «bajó» a una región hostil bajo amenaza, una disposición activa del alma. Los discípulos perseguidos modelan la confianza en su forma sufriente — «iban predicando la palabra» aun como fugitivos. La fe es lo que se cree; la confianza es la postura del que cree, especialmente cuando los vientos se levantan.

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