Mirando al Autor y Consumador de la Fe
Cómo la fe y la confianza nos sostienen a lo largo de la carrera, la disciplina y el cansancio del camino cristiano.
Por tanto, nosotros también, teniendo alrededor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos delante, poniendo los ojos en Jesús, autor y consumador de nuestra fe, quien por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Porque considerad al que soportó tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que no os canséis, desmayando en vuestras almas. Aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis olvidado la exhortación que se dirige a vosotros como a hijos: Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Es para disciplina que soportáis; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien el padre no discipline? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Además, tuvimos a nuestros padres según la carne que nos disciplinaban, y los respetábamos: ¿no nos someteremos mucho más al Padre de los espíritus, y viviremos? Porque ellos indeed por pocos días nos disciplinaban como les parecía; pero él para nuestro provecho, para que seamos participantes de su santidad. Toda disciplina, indeed, por el presente no parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que han sido ejercitados por ella. Por tanto, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo que es cojo no se salga del camino, antes bien sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor: mirando bien que ninguno se prive de la gracia de Dios; que ninguna raíz de amargura, brotando, os moleste, y por ella muchos sean contaminados; que ninguno sea fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque sabéis que aun después, cuando quiso heredar la bendición, fue rechazado; porque no halló lugar para el arrepentimiento de su padre, aunque lo buscó con lágrimas. Porque no habéis llegado al monte que se podía tocar, y que ardía con fuego, a la oscuridad, a la oscuridad y a la tempestad, al sonido del trompetero, y a la voz de las palabras; la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablara más; porque no podían soportar lo que se les ordenaba: Si aun una bestia toca el monte, será apedreada; y tan terrible era la aparición, que Moisés dijo: Estoy en gran temor y temblando; pero vosotros habéis llegado al monte de Sion, y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a innumerable compañía de ángeles, a la congregación general y a la iglesia de los primogénitos que están escritos en el cielo, y a Dios, el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre de la aspersión que habla mejor que la de Abel. Mirad que no desechéis al que habla. Porque si ellos no escaparon cuando desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho más no escaparemos nosotros, si nos apartamos de aquel que nos amonesta desde el cielo: la voz del cual entonces sacudió la tierra; pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez más yo haré temblar no solo la tierra, sino también el cielo. Y esta palabra: Aún una vez más, significa la remoción de las cosas movidas, como de cosas que son hechas, para que las cosas que no son movidas permanezcan. Por tanto, recibiendo un reino inconmovible, retengamos la gracia, por la cual sirvamos a Dios agradablemente, con reverencia y temor santo: porque nuestro Dios es fuego consumidor.
Hebreos 12:1-2 forma la columna vertebral de esta reflexión: la gran nube de testigos, el despojarse de todo peso y del pecado, la carrera paciente, y la mirada elevada hacia Jesús, quien es a la vez autor y perfeccionador de nuestra fe.