Alzando nuestros ojos: La espera silenciosa de la fe
Salmo 123 nos llama a levantar nuestros ojos al Dios entronizado, como siervos que miran la mano de su señor.
Un cántico de los ascensos. A ti, entronizado en el cielo, levanto mis ojos. Como los ojos de los siervos siguen la mano de su señor, como los ojos de una sierva siguen la mano de su señora, así nuestros ojos están vueltos hacia el ETERNO, nuestro Dios, aguardando su favor divino. Concédenos tu favor, oh Eterno, ¡concédenos tu favor! Más que suficiente hemos tenido de desprecio. Suficiente tiempo hemos soportado la mofa de los complacientes, el desprecio de los arrogantes.
El Salmo 123 es uno de los quince Cantos de los Grados (Shir HaMa'alot), cantados por los peregrinos que ascendían hacia Jerusalén. Sus cuatro versículos transitan desde la mirada elevada, hasta la vigilante constancia de los siervos, luego hacia la súplica urgente por misericordia, y finalmente hacia la cansada confesión del desprecio soportado. El salmo une reverencia y queja, expectativa y agotamiento — un retrato de fe que sigue mirando hacia arriba aun cuando el camino es largo.