Cuando los Sellos se Rompen: Cómo la Fe Permanece Firme en la Tormenta
Los cuatro caballos de Apocalipsis 6, el cosmos sacudido, y las almas bajo el altar—la fe no es optimismo ingenuo sino el reposo firme de los sostenidos por el Cordero vencedor.
Y vi cuando el Cordero abrió uno de los siete sellos, y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven. Y miré, y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió conquistando y para conquistar. Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: Ven. Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado quitar la paz de la tierra, y que se matasen unos a otros; y le fue dada una gran espada. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente que decía: Ven. Y miré, y he aquí un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en su mano. Y oí como una voz en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: Una medida de trigo por un denario, y tres medidas de cebada por un denario; y no dañes el aceite ni el vino. Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: Ven. Y miré, y he aquí un caballo pálido, y el que lo montaba se llamaba Muerte, y el Hades le seguía. Y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con muerte, y con las bestias salvajes de la tierra. Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por la palabra de Dios y por el testimonio que ellos tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, oh Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra? Y se les dio a cada uno una ropa blanca; y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se cumpliera el número de sus consiervos y de sus hermanos que también habían de ser muertos como ellos. Vi cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento. Y el cielo se apartó como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los reyes de la tierra, y los príncipes, y los capitanes milenarios, y los ricos, y los fuertes, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y en las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos de la faz de aquel que está sentado en el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse?
Apocalipsis 6:1–17 — Juan observa al Cordero romper seis de los siete sellos. Conquista, derramamiento de sangre, hambre, muerte, el clamor de los mártires, y finalmente un cielo que se enrolla como un pergamino. El capítulo es una revelación divinamente orquestada de cómo la historia humana responde a la autoridad del Cordero.