Manteniendo firme la fe y la confianza en la sombra del fin
Cuando las trompetas del Apocalipsis suenen y las langostas del abismo se derramen, ¿cómo los santos sellados confían en el Dios que aún reina sobre la tormenta?
Y el quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella caída del cielo a la tierra; y le fue dada la llave del pozo del abismo. Y abrió el pozo del abismo; y subió humo del pozo como humo de un gran horno; y el sol y el aire fueron oscurecidos por el humo del pozo. Y del humo salieron langostas sobre la tierra; y les fue dado poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra. Y les fue dicho que no hiciesen daño a la hierba de la tierra, ni a ninguna cosa verde, ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres que no tienen el sello de Dios en sus frentes. Y les fue dado que no los matasen, sino que los atormentasen cinco meses; y su tormento era como el tormento del escorpión cuando hiere al hombre. Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte, y de ninguna manera la hallarán; y desearán morir, y la muerte huirá de ellos. Y las formas de las langostas eran semejantes a caballos aparejados para la guerra; y sobre sus cabezas, como coronas semejantes al oro; y sus caras como caras de hombres. Y tenían cabellos como cabellos de mujeres, y sus dientes eran como dientes de leones. Y tenían corazas como corazas de hierro; y el sonido de sus alas era como el sonido de carros, de muchos caballos que corren a la guerra. Y tenían colas semejantes a escorpiones, y aguijones; y en sus colas estaba su poder para hacer daño a los hombres por cinco meses. Y tienen sobre ellos por rey al ángel del abismo: su nombre en hebreo es Abadón, y en griego tiene el nombre Apolión. El primer Ay pasó; he aquí, vienen aún dos Ay después de estas cosas. Y el sexto ángel tocó la trompeta, y oí una voz desde los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios, que decía al sexto ángel que tenía la trompeta: Desata a los cuatro ángeles que están atados junto al gran río Éufrates. Y fueron desatados los cuatro ángeles que estaban preparados para la hora, y día, y mes, y año, para matar la tercera parte de los hombres. Y el número de los ejércitos de los jinetes era de dos miríadas de miríadas; oí el número de ellos. Y así vi los caballos en la visión, y los que estaban sentados sobre ellos, teniendo corazas de fuego, y de jacinto, y de azufre; y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones; y de sus bocas salía fuego, y humo, y azufre. Con estas tres plagas fue muerta la tercera parte de los hombres, por el fuego, y el humo, y el azufre, que salían de sus bocas. Porque el poder de los caballos está en su boca, y en sus colas; pues sus colas son semejantes a serpientes, y tienen cabezas; y con ellas hacen daño. Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, para que no adorasen a los demonios, y a los ídolos de oro, y de plata, y de bronce, y de piedra, y de madera; que ni pueden ver, ni oír, ni andar. Y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos.
Apocalipsis 9:1-20 registra los juicios de la quinta y sexta trompeta: una estrella cae y abre el pozo del abismo, liberando langostas demoníacas bajo el ángel Abadón (Apolión), que atormentan durante cinco meses a aquellos que no tienen el sello de Dios. Luego, cuatro ángeles atados en el Éufrates son soltados para matar a una tercera parte de la humanidad. Sin embargo, a pesar de todo esto, el capítulo revela a un Dios soberano que limita el juicio, protege a los suyos y llama al arrepentimiento incluso a los corazones endurecidos.