Acab, hijo de Omri, reinó sobre el reino del norte de Israel desde Samaria y Jezreel, y es juzgado por la Escritura como aquel que hizo más mal ante los ojos del SEÑOR que todos los que fueron antes que él, en gran parte por la influencia de Jezabel y la adoración de Baal.
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Vida e historia
Acab, hijo de Omrí, tomó el trono del reino del norte de Israel y reinó desde Samaria y Jezreel. La Escritura declara con claridad que hizo lo malo ante los ojos del SEÑOR más que todos los que fueron antes que él. Bajo la influencia de Jezabel, la adoración de Baal fue promovida en los más altos niveles de la sociedad israelita, convirtiendo su reinado en un punto bajo definitorio en la historia de la monarquía del norte. Uno de los episodios definitorios de su reinado se desarrolla en Jezreel. Allí, Nabot el jezreelita tenía una viña situated junto al palacio de Acab, rey de Samaria. El deseo de Acab por aquella viña, y la tragedia que siguió a causa de las intrigas de Jezabel, expuso la corrupción de la corte real y se convirtió en la ocasión para la confrontación del profeta Elías con el rey. El episodio ilustra cómo la debilidad de Acab ante el deseo personal se entrelazó con la violencia de su casa, y ancla la palabra profética de juicio contra él. El legado de Acab se extiende mucho más allá de su propia vida. La "casa de Acab" se convirtió, en el vocabulario del Antiguo Teemento, en sinónimo de idolatría y maldad, una dinastía marcada para el juicio divino. La unción de Jehú y su purga de los descendientes de Acab cumplieron la palabra profética hablada por medio de Elías, demostrando que la autoridad de la palabra profética contra una dinastía infiel es segura. La historia de Acab se alza así como un sobrio recordatorio de cómo la complacencia de un líder puede dar forma a toda una casa, y de cómo la justicia de Dios responde inevitablemente a la rebelión sostenida.