Confiando en el Vacío: Encontrando a Dios Donde No Podemos Controlar
Eclesiastés 6 nos recuerda que las riquezas, los años y la descendencia, aparte de Dios, son vanidad; la fe y la confianza son el verdadero reposo.
Hay un mal que he observado bajo el sol, y es grave para los mortales: que Dios a veces concede a un hombre riquezas, propiedades y fortuna, de modo que nada le falte de cuanto su apetito pueda desear, pero Dios no le permite disfrutarlo; en cambio, un extraño lo disfrutará. Esto es vanidad y un mal doloroso. Aun si un hombre engendrara cien hijos y viviera muchos años—sin importar cuántos sean los días de sus años, si su gaznate no se sacia con sus riquezas, yo digo: El nacido muerto, aunque ni siquiera se le haya concedido sepultura, es más afortunado que él. Aunque viene en vanidad y se va en tinieblas, y su mismo nombre queda cubierto de tinieblas, aunque nunca ha visto ni experimentado el sol, le va mejor que a él— sí, aun si el otro hubiera vivido mil años dos veces, pero nunca se hubiera saciado de disfrute! Pues acaso no van ambos al mismo lugar? Toda ganancia de una persona es para llenar la boca, y sin embargo el gaznate no se sacia. Qué ventaja tienen entonces los sabios sobre los necios, qué ventaja tienen los indigentes que saben arreglárselas en la vida? Es más importante el placer de los ojos que la prosecución del deseo? Eso también es vanidad y prosecución del viento. Todo lo que sucede, fue designado hace mucho y se sabía que sucedería; en cuanto al ser humano, no puede contender con el que es más fuerte que él. Con frecuencia, mucha charla significa mucha vanidad. De qué le aprovecha a la persona? Quién puede saber qué es lo mejor que hagan los hombres en la vida—los pocos días de esta vida fugaz? Pues quién puede decir lo que el futuro les depara bajo el sol?
Eclesiastés 6:1–12 registra una de las observaciones más sobrecogedoras del Maestro: Dios puede conceder a un hombre todo bien mundano, y sin embargo retenerle el don de disfrutarlo. Un niño nacido muerto, en la lógica austera del Maestro, está más «en reposo» que el hombre cuyo vientre nunca queda saciado. El pasaje expone la futilidad de perseguir el apetito como el bien supremo, e impulsa al lector hacia el reconocimiento de que no podemos contender con Aquel que es más fuerte que nosotros. Esto prepara el escenario para la fe: cuando nuestras manos no pueden asegurar el gozo, nuestros corazones deben aprender a confiar en el Dador.