El Escudo de la Fe
Manteniéndose firme en la fe en la batalla espiritual: revistiéndose de toda la armadura de Dios.
Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien y vivas mucho tiempo sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos; antes bien, criadlos en la disciplina y amonestación del Señor. Siervos, obedeced a los que según la carne son vuestros amos, con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres; sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios; sirviendo con buena voluntad, como al Señor y no a los hombres; sabiendo que todo lo bueno que cada uno hiciere, eso recibirá del Señor, sea esclavo o sea libre. Y vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que con él no hay acepción de personas. Finalmente, fortaleceos en el Señor, y en la fuerza de su poder. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiéndolo cumplido todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con la preparación del evangelio de la paz; sobre todo, tomando el escudo de la fe, con el cual podréis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, para que me sea dada palabra en el abrir de mi boca, para hacer conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar. Y para que también vosotros sepáis mis asuntos, y lo que hago, todo os lo hará saber Tíquico, hermano amado y fiel ministro en el Señor, el cual he enviado a vosotros para esto mismo, para que sepáis de nosotros, y que consuele vuestros corazones. La paz sea con los hermanos, y el amor con la fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor incorruptible.
Efesios 6:10–20 es una de las descripciones más vívidas de la guerra espiritual en el Nuevo Testamento. El llamado de Pablo a «fortalecerse en el Señor» no es una invitación a la autosuficiencia, sino a depender de la fuerza que Dios suministra. El «escudo de la fe» (v. 16) es la única pieza defensiva que lleva el nombre de una gracia que debemos ejercer; todas las demás piezas (la verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la salvación, la espada del Espíritu) se reciben, pero la fe es la confianza activa que las empuña y las mantiene unidas.