La fe que despierta en el país lejano
El hijo pródigo que regresa no es la perfección del arrepentimiento, sino el primer paso tembloroso de la confianza.
Y se acercaban a él todos los publicanos y los pecadores para oírle. Y murmuraban los fariseos y los escribas, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come. Y él les dijo esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta que la halle? Y hallada, la pone sobre sus hombros gozando; y viniendo a casa, junta a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento. ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la vela, y barre la casa, y busca con diligencia hasta hallarla? Y cuando la ha hallado, junta a las amigas y a las vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. Y dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde. Y les repartió los bienes. Y no muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo disolutamente. Y cuando todo lo hubo gastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzóle la necesidad. Y fue, y se llegó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase los cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, mas nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando él aún estaba lejos, su padre le vio, y se movió a compasión, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Mas el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned anillo en su mano, y zapatos en sus pies. Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos y hagamos fiesta: porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. Y el hijo mayor estaba en el campo: y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Y él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha matado el becerro grueso, por haberle recibido salvo. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Mas cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has matado para él el becerro grueso. Entonces él le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era menester hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.
Lucas 15:1–20 presenta tres parábolas — la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo perdido — cada una revelando un Padre que busca, un cielo que se regocija, y un hijo que debe decidir confiar de nuevo en la casa del padre.