Fe y confianza

Confiando en la Piedra que los Constructores Rechazaron

Cuando la fe parece fallar, Dios todavía nos llama a confiar en el Hijo que fue rechazado — y hecho la piedra angular.

BibleVibe Editorial5 min de lectura
Traducción:ESV
Marcos 12:1-20
Ir a leer →

Y comenzó a hablarles en parábolas. Un hombre plantó una viña, y la cercó con un vallado, y cavó un lagar, y edificó una torre, y la arrendó a labradores, y se fue lejos. Y a su tiempo envió a los labradores un siervo, para que recibiese de los labradores del fruto de la viña. Mas ellos le prendieron, y le golpearon, y le enviaron vacío. Y volvió a enviarles otro siervo; y a éste le hirieron en la cabeza, y le trataron afrentosamente. Y envió otro; y a éste mataron: y a otros muchos, hiriendo a unos y matando a otros. Tenía aún un hijo amado suyo; le envió por último a ellos, diciendo: Tendrán reverencia a mi hijo. Mas aquellos labradores dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y la herencia será nuestra. Y le prendieron, y le mataron, y le echaron fuera de la viña. ¿Qué, pues, hará el señor de la viña? Vendrá, y destruirá a los labradores, y dará la viña a otros. ¿Ni aun esta escritura habéis leído: La piedra que los edificadores desecharon, Esta es hecha la cabeza del ángulo; Esto fue del Señor, Y es cosa maravillosa a nuestros ojos? Y procuraban prenderle; mas temían a la multitud; porque entendían que contra ellos había dicho la parábola: y dejándole, se fueron. Y le envían algunos de los fariseos y de los herodianos, para que le prendiesen en alguna palabra. Y viniendo ellos, le dicen: Maestro, sabemos que eres verdadero, y que no te cuidas de ninguno; porque no miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas el camino de Dios: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? ¿Daremos, o no daremos? Mas él, conociendo su hipocresía, les dijo: ¿Por qué me tentáis? traedme el denario, para que lo vea. Y se lo trajeron. Y les dice: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Y ellos le dijeron: De César. Entonces Jesús les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y se maravillaron de él. Y vienen a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección; y le preguntaban, diciendo: Maestro, Moisés nos escribió, Que si el hermano de alguno muriese, y dejase mujer, y no dejase hijos, que su hermano tome la mujer, y levante descendencia a su hermano. Hubo siete hermanos: y el primero tomó mujer, y muriendo no dejó descendencia; y el segundo la tomó, y murió, sin dejar descendencia; y el tercero de la misma manera: y los siete no dejaron descendencia. Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, cuando resucitaren, ¿de quién será mujer? porque los siete la tuvieron por mujer. Entonces Jesús les respondió: ¿No erráis por esto, porque no sabéis las escrituras, ni el poder de Dios? Porque cuando resucitaren de los muertos, ni se casarán, ni serán dados en casamiento; mas son como los ángeles en los cielos. Y en cuanto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el lugar concerning acerca de la zarza, cómo Dios le habló, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos: así que vosotros erráis mucho. Y vino uno de los escribas, que los había oído disputar, y sabía que les había respondido bien; y le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Y Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es: y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Este es el primer mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos. Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él: y que amarle con todo el corazón, y con toda la inteligencia, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que había respondido discretamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y nadie osaba después preguntarle. Y respondiendo Jesús, y enseñando en el templo, dijo: ¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? Porque el mismo David dijo por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies. David mismo le llama Señor; ¿cómo pues es su hijo? Y la mucha gente del pueblo le oía de buena gana. Y les enseñaba, diciendo: Guardaos de los escribas, que quieren andar con ropas largas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas: que devoran las casas de las viudas, y por apariencia hacen largas oraciones: estos recibirán mayor condenación. Y sentándose Jesús frente al tesoro, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el tesoro: y muchos ricos echaban mucho. Y vino

Marcos 12:1–20 entrelaza dos escenas: la parábola de los labradores malvados, en la que el Hijo amado es muerto y la viña es dada a otros, y la controversia sobre pagar tributo al César. Entre ellas, Jesús cita el Salmo 118:22–23: "La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser la cabeza del ángulo." La fe, para Jesús, no es un optimismo ingenuo, sino confianza en el Dios que vindica al rechazado y desenmascara toda lealtad falsa.

Narration

Escenario: La Acusación de la Viña y la Moneda de César

Para cuando Marcos registra el capítulo 12, Jesús ha entrado en Jerusalén para la última semana de Su ministerio terrenal. Está enseñando en los tribunales del templo, rodeado de sacerdotes, escribas, fariseos y herodianos — una coalición que rara vez había coincidido en algo, excepto en la urgencia de silenciarlo. Dos encuentros, registrados en rápida sucesión, enmarcan el pasaje que tenemos ante nosotros. Primero, Jesús cuenta la parábola de la viña (Marcos 12:1–11). La imaginería se hace eco de Isaías 5:1–7, donde YHWH describe a Israel como Su viña plantada con cuidado y llamada a producir justicia, pero que da a luz derramamiento de sangre. En la versión de Jesús, el dueño envía siervo tras siervo — profetas como Isaías, Jeremías y otros — y finalmente envía a 'un hijo amado'. El cálculo de los arrendatarios es escalofriante: 'Este es el heredero; venid, matémoslo, y la herencia será nuestra'. La cruz, en forma de semilla, ya está a la vista. Jesús entonces responde Su propia pregunta: '¿Qué, pues, hará el señor de la viña? Vendrá y destruirá a los labradores, y dará la viña a otros'. Remata esto con el Salmo 118:22–23: 'La piedra que los edificadores rechazaron, esta fue hecha cabeza del ángulo'. Inmediatamente, los líderes religiosos perciben que han sido acusados, pero en lugar de arrepentirse cambian de táctica. Fariseos y herodianos — aliados improbables — se acercan con halagos ('sabemos que eres veraz, y no te cuidas de nadie'). Su pregunta acerca del tributo al César es una trampa: di 'sí' y pierdes al pueblo; di 'no' y le das a Roma un pretexto. Jesús pide un denario, observa la imagen y la inscripción del César, y responde: 'Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios'. Las monedas terrenales llevan imágenes terrenales; los seres humanos llevan la imagen de Dios. Josefo confirma que los debates sobre el impuesto de capitación eran agudamente sensibles en la Judea del siglo primero (Antigüedades 18.2.2), y el denario de Tiberio era la moneda estándar del tributo. La hostilidad del establishment del templo hacia Jesús también se atestigua en el relato de Josefo del período que condujo a Su arresto (Antigüedades 18.3.3). Dos lealtades, entonces, colisionan: un Dios que envía a Su Hijo a una viña que se niega a dar fruto, y un imperio cuya imagen está grabada en cada moneda. La fe, aquí, es la negativa a permitir que ninguna lealtad reemplace a la otra.

Mirando atrás en el tiempo: una semana en los tribunales del Templo

Marcos capítulo 12 se sitúa en la Jerusalén davídica de la era de los Evangelios, en medio de la ocupación romana, donde Jesús enseña acerca de la fe, la autoridad de Dios y los mandamientos más grandes.

Significado: La fe crece donde la piedra es rechazada

Marcos 12:1–20 coloca dos verdades una junto a la otra que, tomadas en conjunto, redefinen lo que es la fe. 1. La fe es confianza en el Dios que sigue enviando, aun cuando el costo sea el Hijo. Los labradores de la parábola son un retrato de rebeldía inquebrantable. Golpean a un siervo, hieren a otro, matan a un tercero. "A otros muchos; golpeando a unos, y matando a otros." El patrón en la historia de Israel es exacto: los profetas fueron apedreados, aserrados, muertos a espada (cf. Hebreos 11:37, aunque no se cita aquí). Sin embargo, el dueño no arma a sus mensajeros ni retira la arrendamiento. Envía "último" — una palabra que implica tanto finalidad como vulnerabilidad — "un hijo amado." La cruz está detrás de este lenguaje. La fe, entonces, no es una apuesta por un Dios que solo triunfa; es una relación con un Dios que arriesga al Amado por causa de una cosecha. 2. La fe reconoce la piedra angular que los constructores rechazaron. La cita del Salmo 118 es el comentario que Jesús hace sobre su propia muerte: "La piedra que desecharon los edificadores, esta fue hecha cabeza del ángulo; esto fue del Señor, y es maravilloso a nuestros ojos." La audiencia del Salmo 118 era una comunidad que regresaba del exilio, cantando que Dios había convertido una aparente catástrofe en un milagro. Jesús aplica ese cántico a su propio rechazo — y así reencuadra la fe. Confiar no es creer que la vida transcurrirá sin tropiezos; es creer que Dios puede tomar lo peor que el mundo le hace a su Hijo y colocarlo en la cúspide misma de la estructura. 3. La fe rehúsa las monedas falsificadas. Cuando se presenta el denario, la pregunta de Jesús — "¿De quién es esta imagen y esta inscripción?" — expone el verdadero argumento detrás de la pregunta política. La imagen de César está en la moneda; la imagen de Dios está en el ser humano. Dar a César lo que le corresponde no es traición contra el cielo; darle a Dios solo lo que queda después de que César quede satisfecho, sí lo es. La fe, aquí, es la capacidad de sostener dos lealtades sin fusionarlas. La confianza en Dios no nos exime de la responsabilidad terrenal; la reencuadra. Juntas, estas hebras forman una sola teología de la confianza: el Dios de la viña es el Dios que vindica al Hijo rechazado, y el Dios que exige que su imagen sea honrada por encima de toda otra.

Aplicando la Palabra: Confiando en Dios cuando la Piedra Angular parece Rechazada

No vivimos en el primer siglo, pero vivimos en un mundo moldeado por las mismas fuerzas que Marcos señala. Aquí hay tres caminos hacia el texto. Primero, audita tu "viña". La parábola pregunta qué fruto puede esperar el dueño de tu vida. ¿Has absorbido los privilegios — el vallado, el lagar, la torre — sin producir la cosecha? La fe no es solo creer verdades; es producir los frutos que esas verdades requieren. ¿Dónde se ha vuelto pasiva la confianza? ¿Dónde ha dejado el dueño de enviar mensajeros porque el fruto dejó de venir? Segundo, identifica las piedras rechazadas en tu propia historia. Casi todo creyente tiene un momento — un llamado, una convicción, una amistad, una vocación — que el mundo ha rechazado. Jesús no promete que la piedra rechazada permanecerá rechazada. Promete que llegará a ser cabeza del ángulo. La fe persiste no porque el presente parezca prometedor, sino porque el Dios del Salmo 118 se especializa en vindicaciones. Tercero, separa las monedas. La imagen de César pertenece a César; la imagen de Dios pertenece a Dios. Somos tentados a darle a Dios nuestro tiempo sobrante, nuestro dinero sobrante, nuestra obediencia sobrante. La fe, implica Jesús, es negarse a tratar a cualquier autoridad terrenal como definitiva. La misma mano que firma la declaración de impuestos puede doblarse en oración; la misma mente que obedece al magistrado puede negarse a inclinarse ante el dios del magistrado. Finalmente, ora el Salmo 118:22–23 esta semana — lentamente, como confesión: "Señor, te he rechazado en lugares que no he nombrado. Colócame dentro de la estructura que estás edificando. Haz del rechazado la piedra angular".

Reflexión

Cuando medité este texto, la imagen que permaneció no fue la viña ni la moneda, sino el momento en que Jesús hizo una pausa después de citar el Salmo 118. Acababa de anunciar que los constructores lo rechazarían, y los sumos sacerdotes —los constructores profesionales de la teología de la nación— querían arrestarlo de inmediato. «Temían a la multitud». El temor a la gente lo mantuvo vivo unos cuantos días más; no lo salvó. El rechazo que él había predicho vendría, y vendría precisamente de parte de los que estaban encargados de encajar las piedras. Comprendí cuántas veces trato mi fe como un contrato. Si soy fiel, Dios debe bendecirme; si me bendice, debe protegerme del sufrimiento. La parábola rompe ese contrato. La fe, en Marcos 12, se parece más a lo que el padre de la historia antigua ofreció: una viña que amó lo suficiente como para confiarla a unos inquilinos que la traicionarían. Confiar en este Dios significa creer que el Dios de las piedras rechazadas puede reconstruir toda la casa. El pasaje de la moneda es más silencioso, pero lo necesitaba. Me dijo que ser cristiano no significa desentenderse de lo cotidiano. Pagar el impuesto. Honrar al funcionario. Devolver lo que corresponde. Pero ni por un momento permitir que la imagen en la moneda llegue a ser la imagen en tu corazón. La moneda pasará por mi mano y la abandonará; la imagen de Dios en mí, no. Así que esta semana quiero orar con dos frases. La primera es del Salmo 118: «Esto viene del Señor, y es maravilloso a nuestros ojos». La segunda es la respuesta de Jesús: «Dad a Dios lo que es de Dios». Quiero dejar que esas dos frases sostengan todo aquello que temo —los rechazos, las pérdidas, las presiones políticas, las cosechas lentas—. La piedra angular ya ha sido puesta. Yo estoy siendo encajado.

Preguntas frecuentes

¿Por qué Jesús utiliza una parábola de la viña para enseñar sobre la fe?

En el AT la viña es una imagen persistente de Israel (Isaías 5; Salmo 80). Cuando Jesús habla de unos labradores que matan al hijo amado del dueño, está poniendo al descubierto el largo patrón de Israel rechazando a los profetas —y ahora al Hijo. La fe no es un credo abstracto; es una respuesta a una historia concreta: un Dios que no deja de enviar, y cuyo Hijo es entregado. Confiar en este Dios es confiar en Aquel que envía al Amado y que, según el Salmo 118, pone la piedra rechazada como piedra angular.

¿Qué significa "la piedra que los constructores rechazaron"?

La frase viene del Salmo 118:22–23, cantado originalmente por Israel al regresar del exilio cuando Dios convirtió la catástrofe en maravilla. Jesús la aplica a sí mismo: los líderes religiosos — los «constructores» del pueblo de Dios — lo rechazan, y sin embargo Dios lo convierte en la piedra angular de toda la estructura. La fe es confiar en el Dios que puede tomar lo que el mundo rechaza y colocarlo en la cima misma.

¿Acaso "dar al César lo que es del César" separa la política de la fe?

No separación sino ordenamiento. La imagen de César está en la moneda, así que la moneda vuelve a César. La imagen de Dios está en la persona, así que la persona pertenece a Dios. La fe no nos exime del deber terrenal, pero rehúsa tratar a cualquier poder terrenal como definitivo. La verdadera confianza cumple con la responsabilidad cívica mientras rehúsa dar a cualquier régimen la lealtad que pertenece solo a Dios.

¿Cómo se conecta este pasaje con la fe y la confianza?

La fe aquí no es creer que la vida irá bien; es confiar en Dios bajo tres presiones: (1) cuando sus mensajeros son rechazados, (2) cuando su Hijo es entregado, y (3) cuando los poderes terrenales exigen lealtad. En cada caso, el objeto de la confianza es el mismo: el Dios que pone la piedra rechazada como piedra angular y cuya imagen está estampada en todo ser humano.

HomeDiscoverBibleStudyMe