De pie entre fuego y luz: fe y confianza en el Salmo 97
Cuando los cielos proclaman justicia y los montes se derriten como cera, ¿por qué los que confían en el Altísimo se regocijan?
¡Dios es soberano! ¡Exulte la tierra, alégrense las numerosas islas! Rodeado de densas nubes: la justicia y el derecho son la base del trono celestial. El fuego marcha delante, consumiendo a los adversarios por todos los lados. Los relámpagos de Dios iluminan el mundo; la tierra se estremece ante su presencia; los montes se derriten como cera ante Dios, ante la presencia del Soberano de toda la tierra. Los cielos proclaman la justicia de Dios y todos los pueblos ven la gloria de Dios. Todos los que adoran imágenes, los que se jactan de sus ídolos, quedan confundidos; todos los seres divinos se postran en homenaje. Sion, al oírlo, se regocija, las aldeas de Judá exultan, por tus juicios, oh Eterno. Porque Tú, oh Eterno, eres supremo sobre toda la tierra; eres exaltado muy por encima de todos los seres divinos. ¡Oh ustedes que aman a Dios, aborrecen el mal! Porque la vida de los leales es protegida; son salvados de la mano de los malvados. Luz es sembrada para el justo, resplandor para el recto. ¡Oh ustedes, justos, alégrense en Dios y aclamen el santo nombre de Dios!
Salmo 97 es un himno real de entronización que fusiona creación, juicio y salvación. El salmista no separa la soberanía de Dios del cuidado de Dios: el mismo fuego que arde a los impíos es también la luz sembrada para los justos. Esta integración es el fundamento teológico de la fe como confianza, no meramente como creencia.