Fe y confianza

De las Tinieblas al Amanecer: Fe Nacida en el Sepulcro Vacío

Juan 20 registra a los discípulos en esa primera mañana de Pascua — corriendo, llorando y buscando a tientas en la confusión — hasta que la vista da paso a una Voz que los llama por su nombre.

BibleVibe Editorial5 min de lectura
TraducciónESV
Juan 20:1-20
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El primer día de la semana, María Magdalena vino temprano al sepulcro, cuando aún estaba oscuro, y vio quitada la piedra del sepulcro. Corrió entonces y vino a Simón Pedro y al otro discípulo al cual amaba Jesús, y les dijo: Han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Entonces salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Y corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos acostados; mas no entró. Entonces llegó también Simón Pedro siguiendole, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos acostados, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Y entonces entró también el otro discípulo, que había llegado primero al sepulcro, y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Entonces volvieron los discípulos a su casa. Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se bajó a mirar el sepulcro; y vio a dos ángeles vestidos de blanco, que estaban sentados, el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les dijo: Porque han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió atrás, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú le has llevado, dime dónde le has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo: ¡Raboni! (que es decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, y a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena y dio aviso a los discípulos de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas. Cuando fue la tarde de aquel día, el primero de la semana, y estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y se puso en medio, y les dijo: Paz a vosotros. Y cuando hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Entonces los discípulos se regocijaron cuando vieron al Señor. Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y cuando hubo dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Y ocho días después, estaban otra vez dentro sus discípulos, y con ellos Tomás. Vino Jesús, las puertas cerradas, y se puso en medio, y dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron. Muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

Juan 20:1–20 avanza desde el descubrimiento de la tumba vacía por María Magdalena antes del amanecer (v. 1) hasta la naciente fe del discípulo amado (v. 8), y culmina cuando Jesús se dirige personalmente a María por su nombre (v. 16). La gramática de la fe en el capítulo progresa desde la ausencia (la piedra removida) a la evidencia (los lienzos), al testimonio (los ángeles), y finalmente al encuentro personal — el único fundamento verdadero de la confianza.

Narration

Contexto

Juan sitúa la narrativa de la resurrección en «el primer día de la semana», un marcador temporal deliberado que más tarde moldearía la adoración cristiana (cf. Apocalipsis 1:10). La escena se desarrolla dentro y alrededor de un sepulcro excavado en la roca justo fuera de los muros de Jerusalén, probablemente en las cercanías del Gólgota donde había ocurrido la crucifixión días antes (cf. Juan 19:41–42). Las acciones de los discípulos están enmarcadas por dos tipos de tiempo: María viene «cuando aún era de noche» (v. 1) —una nota literaria que hace eco de Juan 1:5 («la luz resplandece en las tinieblas»)—, sin embargo, en el versículo 8 el otro discípulo «vio y creyó». La fe, para Juan, es un movimiento desde las tinieblas hacia la luz. La lentitud de los discípulos para creer no es un fracaso, sino una característica: «pues aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos» (v. 9). La confianza en el Cristo resucitado precede a la comprensión de la promesa escrituraria. El mundo del pasaje es la Jerusalén de la Pascua, la misma ciudad donde Jesús había sido condenado solo días antes, y donde —como registra Josefo— miles de peregrinos habían abarrotado las calles, haciendo que un sepulcro sellado y custodiado fuera tanto factible como políticamente útil (Antigüedades 18.2.2).

Espaciotiempo

Ambientada en la Jerusalén davídica de los Evangelios, esta reflexión se adentra en el momento de la resurrección de Juan 20, donde la fe nace del encuentro con el Cristo resucitado en el corazón de la ciudad santa.

Significado

Juan estructura este pasaje como una progresión de cuatro etapas de la fe. La primera etapa es la ausencia: María ve la piedra removida y concluye que el cuerpo ha sido robado (v. 2). Su suposición es natural: el duelo a menudo interpreta la catástrofe a través del lente del robo y la pérdida. La segunda etapa es la investigación: Pedro y el discípulo amado corren al sepulcro y encuentran las vendas de lino y el sudario doblado (vv. 5–7). Juan señala la disposición cuidadosa como evidencia: un ladrón no habría desenvuelto el cuerpo y dejado las vendas funerarias atrás. La tercera etapa es la fe: «vio y creyó» (v. 8). Sin embargo, Juan añade una salvedad llamativa: «porque aún no entendían la Escritura, que era necesario que Él resucitase de los muertos» (v. 9). Su fe está fundamentada en la evidencia empírica del sepulcro vacío, pero aún no ha sido iluminada por la comprensión escrituraria. La cuarta etapa es el encuentro: María se encuentra con el Jesús resucitado, no lo reconoce, y luego escucha su propio nombre pronunciado (v. 16). Una sola palabra —«María»— transforma el duelo en adoración. La fe, en la teología de Juan, no es primeramente un asentimiento intelectual a la doctrina, ni un salto a ciegas, sino una respuesta personal a un llamado personal. El Dios de la Pascua no presenta meramente evidencia; Él pronuncia nombres. Este es el corazón de la fe bíblica: la confianza que surge cuando el Dios invisible se da a conocer llamándonos.

Solicitud

1. **El dolor honesto está permitido.** María llora. El Cristo resucitado no la reprende por sus lágrimas; le pregunta por qué llora y a quién busca. La fe no exige la supresión del dolor: ofrece un hombro dentro del dolor. 2. **La investigación no es enemiga de la fe.** Pedro y Juan corrieron, miraron, examinaron. Su curiosidad los condujo a la fe. La duda que avanza hacia la evidencia no es incredulidad; es fe en proceso. 3. **La fe a menudo precede a la plena comprensión.** Los discípulos creyeron antes de comprender la Escritura. Hay temporadas en las que debemos confiar en lo que hemos visto hacer a Dios, aun antes de poder explicar cómo encaja en nuestra teología. 4. **Dios pronuncia nombres.** María no se convenció por el sepulcro vacío ni por los ángeles: se convenció al escuchar su propio nombre en la boca de su Señor. El trato personal es el lenguaje de la fe bíblica. La aplicación para nosotros: cultivar las disciplinas —la Escritura, la oración, la Eucaristía, la comunión— a través de las cuales el Cristo resucitado pueda hablarnos individualmente. 5. **No te aferres a una versión de Jesús que te resulte conveniente.** María supuso que era el jardinero. También nosotros, a veces, preferimos un Jesús que se ajuste a nuestro jardín —manso, útil, ornamental—. El Cristo resucitado no es el jardinero; es el Señor.

Reflexión

Hay un momento en toda vida cristiana que refleja Juan 20. Es el momento en que la explicación obvia — el robo, la tragedia, el azar — choca con una posibilidad más silenciosa y extraña: que Aquel que creíamos perdido ha estado pronunciando nuestro nombre todo el tiempo. María no creyó porque la tumba estuviera vacía. Creyó porque su nombre fue pronunciado. Antes de esa palabra, tenía evidencia; después de ella, tenía fe. La diferencia entre evidencia y fe no es la ausencia de prueba, sino la presencia de una Persona. La tumba vacía es la evidencia de Dios; el nombre pronunciado es la persona de Dios. Y la fe es el oír. Vivimos en un mundo que a menudo se parece a aquella primera mañana de Pascua — aún oscuro, lleno de correr y llorar, lleno de suposiciones de que lo peor ha sucedido. Pero el capítulo no termina con las lágrimas de María. Termina con su volverse, con una palabra en hebreo en sus labios: "Raboni". Esa palabra es la confesión de fe más sencilla del Nuevo Testamento — una sola sílaba de reconocimiento, un volverse del cuerpo hacia aquel que ha estado allí todo el tiempo. Quizá esto es lo que la fe, en su raíz, siempre es: no el valor de creer contra la evidencia, sino la humildad de volverse y descubrir que hemos sido llamados por nombre por Aquel que creíamos haber perdido.

Preguntas frecuentes

En Juan 20:8, el discípulo amado «vio y creyó» — ¿fue esta fe completa?

Aún no completo. Juan señala inmediatamente: "pues aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos" (v. 9). Su fe se apoyaba en la evidencia del sepulcro vacío, pero aún no había sido iluminada por la Escritura; la fe verdadera entrelaza evidencia, Escritura y encuentro personal.

¿Por qué María no reconoció a Jesús resucitado al principio?

Ella «suponía que era el hortelano» (v. 15). El duelo, las lágrimas y los preconceptos nublaban su visión. Lo que necesitaba no era más evidencia, sino al Señor resucitado llamándola por su nombre: «¡María!», y en aquel trato personal lo reconoció inmediatamente.

¿Cuál es la diferencia entre la fe (信心) y la confianza (信靠)?

La fe (pistis) incluye contenido: aquello en lo que creemos. La confianza es el acto de entregar la propia vida al objeto digno de confianza. Juan 20 pasa precisamente de la fe fundamentada en la evidencia a la confianza que se entrega cuando el Cristo resucitado pronuncia nuestro nombre.

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