La fe es rendirse antes de ver
Entre la decapitación de Juan el Bautista y la alimentación de los cinco mil, los discípulos aprendieron la lección más profunda de la fe: confiar no es aguardar los resultados, sino poner lo poco que tenemos en las manos del Señor.
En aquel tiempo, Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús, y dijo a sus siervos: Este es Juan el Bautista; él ha resucitado de los muertos, y por eso estos poderes obran en él. Porque Herodes había prendido a Juan, y le había atado y puesto en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano. Porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo, porque le tenían por profeta. Mas cuando llegó el día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes. Y él le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. E instigada por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista. Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se le diese, y envió y decapitó a Juan en la cárcel. Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y ella la llevó a su madre. Entonces vinieron sus discípulos, y tomaron el cuerpo, y lo sepultaron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús. Y oyéndolo Jesús, se retiró de allí en una barca a un lugar desierto y apartado; y cuando las multitudes lo oyeron, le siguieron a pie desde las ciudades. Y saliendo Él, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a sus enfermos. Y cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos, diciendo: El lugar es desierto, y la hora es ya pasada; despide a las multitudes, para que vayan por las aldeas y se compren alimento. Entonces Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer. Y ellos le dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. Y él dijo: Traédmelos acá. Y mandó a las multitudes que se recostasen sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y alzando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a las multitudes. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas. Y los que habían comido eran como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Luego Jesús hizo entrar a sus discípulos en la barca, e ir delante de él a la otra ribera, mientras él despedía a las multitudes. Y después de despedir a las multitudes, subió al monte aparte para orar; y al anochecer, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada de las olas; porque el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma!; y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy; no temáis! Entonces Pedro le respondió, diciendo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y Pedro, descendiendo de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Mas al ver el viento recio, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Y al instante Jesús, extendiendo la mano, le asió, y le dijo: ¡Oh hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron a la barca, el viento cesó. Entonces los que estaban en la barca le adoraron, diciendo: ¡Verdaderamente eres Hijo de Dios! Y cruzando el mar, vinieron a la tierra de Genesaret. Y cuando los hombres de aquel lugar le conocieron, enviaron por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a todos los que estaban enfermos; y le rogaban que les dejase tocar tan solamente el borde de su manto; y todos los que lo tocaron quedaron sanos.
Mateo 14:1–20 abarca dos grandes movimientos: el martirio de Juan el Bautista, que silenció la última gran voz profética antes de Cristo, y la alimentación de la multitud, que reveló a Jesús como el compasivo Profeta-Rey que provee. La bisagra es el cálculo temeroso de los discípulos ("ya es ya hora") y la tranquila anulación que Jesús hace de él ("No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer"). La fe nace precisamente donde el recurso humano se encuentra con la suficiencia divina.