Fe y confianza

Junto al Jordán, confiando en el que ha de venir

La fe no son credenciales—es rendición que permite que Dios cumpla toda justicia.

BibleVibe Editorial5 min de lectura
TraducciónESV
Mateo 3:1-17
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Y en aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Porque éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, diciendo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Y Juan tenía su vestidura de pelo de camello, y un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. Entonces salían a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la comarca alrededor del Jordán; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Pero viendo él a muchos de los fariseos y saduceos que venían a su bautismo, les decía: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Yo os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, cuyas sandalias no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará. Entonces Jesús vino de Galilea al Jordán a Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan se lo impedía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, cuando fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venía sobre él; y he aquí una voz de los cielos que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

Mateo 3:1–17 (ESV). Toda la apertura del ministerio público de Jesús: la voz profética que clama en el desierto, el bautismo de arrepentimiento de Juan, el llamado a dar fruto, y la declaración abierta del Padre: «Este es mi Hijo amado».

Narration

Preparando el escenario

Mateo nos sitúa en un momento cargado: un profeta en el desierto, un avivamiento a la orilla del río y la venida del Mesías largamente esperado. Juan el Bautista predica en el desierto de Judea (Mt. 3:1), la misma región que Isaías tenía en mente cuando escribió: «Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor» (Is. 40:3, citado en Mt. 3:3). Multitudes bajan al Jordán desde Jerusalén y toda Judea (Mt. 3:5), convirtiendo esto en una de las mayores reuniones al aire libre en décadas—un estimado de 50.000 a 200.000 peregrinos cada año durante las temporadas de peregrinación, según cálculos del desplazamiento de galileos y judeos hacia el río. Josefo (Ant. 18.5.2) confirma la histórica «fama» de Juan: «Herodes mató a Juan, hombre bueno, que exhortaba a los judíos... a practicar la virtud y la justicia entre sí y la piedad hacia Dios». Juan viste pelo de camello y un cinto de cuero, y come langostas y miel silvestre (Mt. 3:4), el rudo uniforme de un profeta; su vestidura evoca deliberadamente a Elías en 2 Reyes 1:8, y su apariencia señala que la línea profética no se ha extinguido. El público político-religioso es decisivo: los fariseos y los saduceos—los dos pilares del judaísmo del Segundo Templo—viajan al Jordán para investigar a este extraño nuevo maestro (Mt. 3:7). Juan los denuncia como «generación de víboras», rechaza que apelen a Abraham como credencial tribal y advierte que el «hacha ya está puesta a la raíz de los árboles» (Mt. 3:8–10). Entonces Jesús llega desde Galilea (Mt. 3:13), y el capítulo gira en torno a una sola petición: «Deja que así sea ahora», dice Jesús, «porque así conviene que cumplamos toda justicia» (Mt. 3:15). Juan consiente, el Espíritu desciende «como paloma» y el Padre habla desde el cielo. El momento vincula tres testimonios—el bautismo en agua, el descenso del Espíritu y la declaración del Padre—que atestiguan que este Jesús es el que había de venir. En cuanto a la geografía, el valle del Jordán es el río más bajo de la tierra, con profundidad vadeable durante las crecidas primaverales. Las referencias cruzadas pertinentes se agrupan en torno a la profecía de cumplimiento (Is. 40:3, 40:6), la vida anterior de Juan el Bautista y su llamado profético (Lc. 1:13, 1:76), el paralelo lucano del ministerio de Juan (Lc. 3:20), el testimonio joánico sobre la identidad de Juan (Jn. 1:6, 1:8), y la evaluación posterior de Mateo de que «entre los nacidos de mujer no se ha levantado ninguno mayor que Juan el Bautista» (Mt. 11:11).

De pie junto al río aquella mañana

Ambientadas en la era del Primer Templo, estas reflexiones sobre la fe abarcan las regiones de Jericó, la tierra davídica de Jerusalén y las costas septentrionales del Mar de Galilea.

Lo que significa este texto

Mateo 3 es un capítulo bisagra: marca el final de una era y el inicio de otra. Importan cuatro capas de significado. Primero, el arrepentimiento es realineamiento, no emoción. Juan llama a 'fruto digno de arrepentimiento' (Mat. 3:8). La palabra griega metanoia (μετάνοια) significa literalmente 'mente posterior': un cambio de mente que produce un cambio de vida. Juan no pide un sentimiento; pide una nueva dirección. Los fariseos, sin embargo, intentan saltarse el cambio de vida y conservar la identidad familiar: 'A Abraham tenemos por padre' (Mat. 3:9). Juan insiste en que aun las piedras pueden llegar a ser hijos de Abraham (cf. Luc. 3:8), lo que significa que el linaje del pacto no se garantiza por la sangre, sino solo por la fe obrada en el arrepentimiento. Segundo, el bautismo de Juan 'en agua' es un paso hacia el bautismo mayor 'con el Espíritu Santo y con fuego' (Mat. 3:11). El 'fuego' es de doble filo: refina y juzga. Jesús derramará el Espíritu sobre la iglesia (Hch. 2) y cribará a las naciones (Mat. 25:31–46). Juan se está preparando para ambas cosas. Tercero, la voz del Padre en el bautismo declara a la vez intimidad y autoridad: 'Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia' (Mat. 3:17, completando las palabras que dijo la voz celestial). Esta es la bisagra de la revelación trinitaria: el Hijo es obediente en el agua, el Espíritu desciende para ungir, el Padre afirma. La fe aquí no es solo creencia; es la obediencia confiada que permite a Jesús entrar al río cuando Juan habría querido impedírselo. Cuarto, 'para cumplir toda justicia' (Mat. 3:15) es una afirmación teológica: Jesús se identifica con los pecadores no porque sea pecador, sino porque está cumpliendo lo que la justicia exige: una solidaridad pública y pactal con su pueblo. Se alinea con los arrepentidos, toma el lugar más bajo, y confía en que el Padre lo declarará públicamente. El significado para la fe: la fe bíblica es confianza activa en el Dios revelado. Juan cree lo suficiente para consentir. Jesús cree lo suficiente para descender. El Padre cree lo suficiente para proclamar públicamente.

Viviéndolo

La fe en este texto se parece menos a la certeza y más al consentimiento. El capítulo ofrece tres patrones concretos para vivirla. (1) Preparad el camino. El llamado de Juan a enderezar los senderos es un llamado a remover lo que impide la obra de Dios en tu vida. Práctico: en una oración esta semana, nombra una "curva" en tu pensar —un rencor, una adicción al estatus, una ira oculta— y pide al Espíritu que la allane. No esperes un sentimiento perfecto. Actúa confiando en que el Espíritu te encontrarás donde te rindes. (2) Dad fruto, no credenciales. Los fariseos traían su linaje. Juan quería obras. La aplicación es relacional y habitual. Un solo acto de honestidad en el trabajo, una llamada a un hermano fracturado, un recorte de presupuesto que confía en Dios en lugar del miedo —estas son ramas que dan fruto. La fe sin tal fruto es lo que Juan diagnostica como madera muerta (Mt. 3:10). (3) Entrad en el río. Jesús no demora Su bautismo hasta haberlo comprendido por completo. Él consiente a un paso que solo cobra sentido teológico después de que el Espíritu desciende. Aplica esto cuando Dios te impulse a obedecer antes de comprender: comparte el evangelio con un compañero de trabajo titubeante, perdona antes de entender plenamente por qué, da antes de que la cuenta sea pagada. El cielo se abre sobre los que se han rendido, no sobre los estratégicos. Cuando no puedes ver, confía en Aquel que ya se está moviendo (Jn. 1:33). La promesa de Mt. 3 es que el Padre tiene palabras para los que se adentran en Su voluntad: "Tú eres Mi amado." La voz del Padre precede al ministerio público, la cruz y la resurrección. No ganamos la voz. Nos posicionamos donde pueda ser escuchada.

Reflexión

Es llamativo que el momento más sagrado en la vida temprana de Jesús ocurra en un río fangoso, rodeado de penitentes, pecadores y líderes religiosos suspicaces. La gloria de Dios rara vez prefiere el salón pulido. Prefiere el lugar donde se reúne la gente humillada, donde las manos están sucias por el viaje, donde las preguntas aún están abiertas. La voz que partió el cielo en el bautismo de Jesús dice exactamente lo que todo oyente fiel anhela escuchar: tú eres amado; en ti tengo mi deleite. Ese es el destino de la fe—no la certeza de los resultados, sino la certeza de ser sostenido. Juan, que había tronado advertencias en el versículo anterior, ahora suelta su juicio y deja que el Mesías se interne en el agua. Su confianza no está en que comprende; su confianza está en que ha escuchado. La fe es esa sumisión paciente—la que dice: «Que sea así ahora», no «Que sea así una vez que lo haya calculado». Si el Padre se deleitó en Su Hijo al comienzo, se deleita en los que están ocultos en Su Hijo a lo largo de todo. Así que entra en el agua, aun cuando parezca prematuro. Sal confiando en que la misma Voz ha hablado sobre ti en el bautismo, en la Palabra, en la Eucaristía, en todo lugar donde se ha prometido que el cielo se abrirá. La paja arderá, el trigo se reunirá, y la era de este tiempo presente está siendo aventada. Permanece del lado del trigo. Tú has sido reunido. Tú has sido reclamado.

Preguntas frecuentes

¿Por qué Jesús necesitaba ser bautizado si era sin pecado?

El bautismo de Jesús no fue una confesión de pecado, sino un 'cumplimiento de toda justicia' (Mat. 3:15). Se identificó públicamente con la multitud arrepentida, poniéndose en su lugar bajo solidaridad pactada. Su obediencia modela la fe que luego nos llamará a vivir. Desde esta posición se abren los cielos, desciende el Espíritu y el Padre lo declara amado—mostrando el mismo modelo de fe que ahora comparten los identificados con Él.

¿Fue Juan harsh para llamar a los fariseos y saduceos una "generación de víboras"?

Las palabras de Juan eran proféticas, no personales. Denunció la suposición de que el linaje tribal podía sustituir a una vida transformada (Mat. 3:9). «Tenemos a Abraham por padre» era una evasión del arrepentimiento. El argumento de Juan es incisivo: la herencia del pacto no viene por la sangre, sino por la fe que produce fruto. Dios puede suscitar hijos de Abraham de las piedras; la advertencia es que la ascendencia sin obediencia no cuenta para nada cuando el hacha ya está puesta en la raíz.

¿Cuál es la diferencia entre el bautismo de Juan en agua y el bautismo "con el Espíritu Santo y con fuego"?

El bautismo de Juan en agua era una señal exterior de arrepentimiento (Mat. 3:11), una preparación. El bautismo "con el Espíritu Santo" traería regeneración y empoderamiento interior, una promesa visiblemente cumplida en Pentecostés (Hechos 2). El "fuego" tiene un doble significado: refinamiento para los fieles (1 Ped. 1:7) y juicio inextinguible para los impenitentes (Mat. 25:41). Ambas dimensiones están activas en la historia de la redención.

¿Cómo se representa la fe en este pasaje?

La fe en Mateo 3 se presenta como confianza obediente. Juan confía lo suficiente como para aceptar bautizar a alguien que sabe que es mayor (Mt. 3:14). Jesús confía lo suficiente como para entrar en el Jordán antes de que los cielos se abran (Mt. 3:15). El Padre valida esa confianza desde el cielo: 'Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia' (Mt. 3:17). La fe es el acto de poner las credenciales, el bienestar y el momento oportuno en las manos de un Dios fiel.

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