Una Mente, Una Confianza: La Fe que Obra por la Humildad de Cristo
Filipenses 2:1–20 muestra que la fe verdadera no es confianza en nosotros mismos, sino confianza firme en el Dios que se despojó a sí mismo y que ahora obra en nosotros tanto el querer como el hacer.
Si hay pues alguna exhortación en Cristo, alguna consolación de amor, alguna comunión del Espíritu, algunas entrañas y misericordias, haced perfecta mi alegría, que sintáis lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa; nada hagáis por contención o por vanagloria, sino con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada uno también por lo de los otros. Tened este sentir en vosotros, que estuvo también en Cristo Jesús: el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Así que, amados míos, como siempre habéis obedecido, no solo en mi presencia, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo, manteniendo la palabra de vida; para que yo tenga de qué gloriarme en el día de Cristo, que no he corrido en vano ni he trabajado en vano. Y aun si soy ofrecido en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros. Y asimismo gozaos también vosotros y regocijaos conmigo. Pero espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también esté de buen ánimo al saber de vuestro estado. Porque a ninguno tengo de un mismo sentir, que con sincero afecto cuide de vuestro estado. Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Jesucristo. Pero ya conocéis la prueba de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. Así que a éste envío luego, en cuanto vea lo que pasa conmigo. Y confío en el Señor que yo también iré pronto. Pero he juzgado necesario enviaros a Epafras, mi hermano y compañero de lucha, y vuestro mensajero y servidor de mis necesidades; porque él tenía gran deseo de veros a todos vosotros, y estaba muy angustiado porque habíais oído que había enfermado. Porque en verdad estuvo enfermo al borde de la muerte; pero Dios tuvo misericordia de él; y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza. Así que le envío con más diligencia, para que al verle de nuevo os gocéis, y yo esté con menos tristeza. Recibidle pues en el Señor con todo gozo, y tened en estima a los que son tales; porque por la obra de Cristo estuvo cerca de la muerte, exponiendo su vida para suplir lo que faltaba en vuestro servicio hacia mí.
From Filipenses 2:1–20 (ASV / traducción adyacente a la ESV). El movimiento del pasaje es crucial: Pablo fundamenta la unidad cristiana en la consolación del amor y la comunión del Espíritu, y luego señala al vaciamiento de Cristo como el supremo modelo de fe expresada en confianza y obediencia. El versículo 13 es la bisagra de todo el capítulo: «ocupaos de vuestra propia salvación con temor y temblor; porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el obrar, para su beneplácito.» La fe y la acción obediente no están en pugna—se encuentran en el Dios que obra dentro.