La Roca que se Hendió y Derramó Agua Viva: Cuando la Fe Encuentra al Dios Poderoso
Salmo 114 nos llama a contemplar las maravillas del éxodo —el mar que se abrió, el Jordán que retrocedió, la roca que brotó agua— y a aprender a confiar en el Señor, ante quien toda la creación tiembla.
Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo de lengua extraña, Judá se volvió santo para Dios, Israel, dominio de Dios. El mar los vio y huyó, el Jordán se volvió atrás, los montes saltaron como carneros, los collados como corderos. ¿Qué te alarmó, oh mar, que huiste?, ¿Jordán, que te volviste atrás?, ¿montes, que saltasteis como carneros?, ¿collados, como corderos? Tiembla, oh tierra, ante la presencia del Soberano, ante la presencia del Dios de Jacob, que transformó la peña en estanque de aguas, la roca dura en manantial.
Salmo 114 es un breve himno que condensa toda la historia del éxodo-redención en ocho vívidos versículos. Va desde la liberación (vv. 1–2), hasta el asombro cósmico (vv. 3–4), la interrogación divina (vv. 5–6), y la conclusión adoradora de que el Dios de Jacob convierte la roca en un manantial (vv. 7–8). Para el pueblo de fe, este salmo se convierte en un manantial de confianza: el Mismo que abrió el mar y partió la roca es el que puede partir los lugares más duros de nuestras vidas.