Fe y confianza junto a los ríos de Babilonia
Cuando los cánticos del Templo enmudecen en tierra extraña, ¿cómo sobrevive la fe entre las ruinas?
Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentamos, nos sentamos y lloramos, al recordar a Sion. Sobre los álamos, allí, colgamos nuestras liras, porque nuestros captores nos pedían allí canciones, nuestros verdugos, por diversión: «Canten para nosotros una de las canciones de Sion». ¿Cómo cantaremos un canto de DIOS en tierra extraña? Si te olvido, oh Jerusalén, que se seque mi diestra; que se me pegue la lengua al paladar si dejo de pensar en ti, si no mantengo a Jerusalén en mi memoria aun en mi hora más feliz. Recuerda, oh ETERNO, contra los edomitas el día de la caída de Jerusalén; cómo gritaron: «¡Arrasadla, arrasadla hasta sus cimientos!» ¡Babilonia la hermosa, tú que depredas, bendito el que te devuelva el pago que tú nos has infligido; bendito el que tome a tus pequeños y los estrelle contra las rocas!
El Salmo 137 es el lamento desgarrador de los exiliados en Babilonia. Sus captores exigen entretenimiento: «Cántennos una de las canciones de Sion». El salmista responde con una confesión de lealtad tan feroz que preferiría que su mano derecha se secara y su lengua se pegara a su paladar antes que olvidar Jerusalén. La confianza en Dios es inseparable de mantener viva en la memoria a Su ciudad.