Fe y Confianza: Del Yugo de la Ley a la Libertad de la Gracia
Cuando Pablo abre nuestra herida interior, nos muestra que la fe verdadera no es el esfuerzo propio por cumplir la ley, sino la confianza en Aquel que murió y resucitó por nosotros.
¿O ignoráis, hermanos (porque hablo a los que conocen la ley), que la ley tiene dominio sobre el hombre por todo el tiempo que vive? Porque la mujer que está sujeta a marido, por la ley está ligada al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella es libre de la ley del marido. Así que, si viviendo el marido, se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si el marido muere, es libre de la ley, de tal manera que no será adúltera si se uniere a otro varón. Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que seáis unidos a otro, a aquel que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley, obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. Pero ahora estamos libres de la ley, habiendo muerto para aquella en que estábamos retenidos, de modo que sirvamos en la novedad del espíritu, y no en la vejez de la letra. ¿Qué diremos, pues? ¿Es pecado la ley? ¡De ninguna manera! Antes bien, yo no conocí el pecado sino por la ley; porque yo no habría conocido la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda clase de codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Yo, pues, viví sin la ley en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí; y hallé que el mandamiento que era para vida, me era para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la ley es santa, y el mandamiento santo, justo, y bueno. ¿Luego lo que es bueno me es venido a ser muerte? ¡De ninguna manera! Mas el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso por el mandamiento. Porque yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo no. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo obro yo, sino el pecado que mora en mí. Entonces yo, queriendo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está presente en mí. Porque yo me deleito en la ley de Dios según el hombre interior; pero veo otra ley en mis miembros, que se opone a la ley de mi mente, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.
Romanos 7:1–20 (ESV) — El diagnóstico de Pablo del corazón humano bajo la ley: el mandamiento destinado para la vida expone el pecado profundamente arraigado dentro, para que podamos huir a Cristo y confiar solo en Él.