Sufrimiento y consuelo

Hallando esperanza en el exilio: Recibiendo el consuelo de Dios en el sufrimiento

La carta de Jeremías a los exiliados revela que Dios no ha olvidado a su pueblo sufriente: sus propósitos de consuelo y esperanza siguen obrando incluso en Babilonia.

BibleVibe Editorial5 min de lectura
Traducción:ESV
Jeremías 29:1-20
Ir a leer →

Texto de la carta que el profeta Jeremías envió desde Jerusalén a los sacerdotes, los profetas, el resto de los ancianos de la comunidad del exilio y a todo el pueblo al que Nabucodonosor había deportado de Jerusalén a Babilonia— después de que el rey Jeconías, la reina madre, los eunucos, los oficiales de Judá y Jerusalén, y los artesanos y herreros habían salido de Jerusalén. [La carta fue enviada] por medio de Elasá hijo de Safán y Gemarías hijo de Hilcías, a quienes el rey Sedequías de Judá había enviado a Babilonia, ante el rey Nabucodonosor de Babilonia. Así dijo el SEÑOR de los Ejércitos, el Dios de Israel, a toda la comunidad que deporté de Jerusalén a Babilonia: Construid casas y habitad en ellas, plantad huertos y comed su fruto. Tomad mujeres y engendrad hijos e hijas; tomad mujeres para vuestros hijos y dad vuestras hijas a maridos, para que tengan hijos e hijas. Multiplicaos allí, no disminuyáis. Y procurad la paz de la ciudad a la cual os he deportado y rogad al SEÑOR por ella; porque en su bienestar tendréis vosotros bienestar. Porque así dijo el SEÑOR de los Ejércitos, el Dios de Israel: No os engañen los profetas y adivinos que están entre vosotros, y no prestéis atención a los sueños que sueñan. Porque ellos os profetizan en mi nombre falsamente; yo no los envié—declara el SEÑOR. Porque así dijo el SEÑOR: Cuando se cumplan los setenta años de Babilonia, yo me acordaré de vosotros y cumpliré en vosotros mi promesa favorable, de haceros volver a este lugar. Porque yo sé los planes que tengo respecto a vosotros—declara el SEÑOR—planes de bienestar y no de mal, para daros un futuro esperanzador. Me invocaréis, vendréis y oraréis a mí, y yo os escucharé. Me buscaréis y me hallaréis, si me buscáis de todo corazón. Me hallaré accesible a vosotros—declara el SEÑOR—y restauraré vuestra suerte. Y os congregaré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os he dispersado—declara el SEÑOR—y os haré volver al lugar de donde os he deportado. Pero vosotros decís: "El SEÑOR nos ha suscitado profetas en Babilonia." Así dijo el SEÑOR acerca del rey que se sienta sobre el trono de David, y acerca de todo el pueblo que habita en esta ciudad, vuestros hermanos que no salieron con vosotros al exilio— así dijo el SEÑOR de los Ejércitos: Voy a enviar contra ellos espada, hambre y pestilencia, y los pondré como higos repugnantes, tan malos que no se pueden comer. Los perseguiré con espada, con hambre y con pestilencia; y los tornaré en horror para todos los reinos de la tierra, en maldición y en objeto de horror, de silbido y de oprobio entre todas las naciones adonde los disperse, porque no atendieron mis palabras—declara el SEÑOR—cuando insistentemente les envié a mis siervos los profetas, y no escucharon—declara el SEÑOR. Pero vosotros, toda la comunidad del exilio que deporté de Jerusalén a Babilonia, ¡oíd la palabra del SEÑOR! Así dijo el SEÑOR de los Ejércitos, el Dios de Israel, respecto a Acab hijo de Colaías y a Sedequías hijo de Maaseías, que os profetizan falsamente en mi nombre: Voy a entregarlos en manos del rey Nabucodonosor de Babilonia, y él los matará ante vuestros ojos. Y toda la comunidad de Judá en Babilonia tomará de su destino una maldición: "¡Hágate Dios como a Sedequías y como a Acab, a quienes el rey de Babilonia asó en el fuego!"— porque hicieron vilezas en Israel, cometieron adulterio con las mujeres de sus prójimos y hablaron en mi nombre palabras falsas que yo no les había mandado. Yo soy el que sabe y da testimonio—declara el SEÑOR. Acerca de Semaías el nehelamita diréis: Así dijo el SEÑOR de los Ejércitos, el Dios de Israel: Porque tú enviaste cartas en tu propio nombre a todo el pueblo de Jerusalén, a Sofonías hijo de Maaseías y a todos los sacerdotes, diciendo: "El SEÑOR te ha puesto por sacerdote en lugar del sacerdote Joiada, para que tengas autoridad en la Casa del SEÑOR sobre todo hombre que quiera hacer de profeta, para meterlo en el cepo y en la prisión. ¿Por qué, pues, no has reprendido a Jeremías el anatotita, que hace de profeta entre vosotros? Porque él nos ha enviado un mensaje a Babilonia en estos términos: El cautiverio será largo. Construid casas y habitad en ellas, plantad huertos y comed su fruto."— Cuando el sacerdote Sofonías leyó esta carta en oídos del profeta Jeremías, vino la palabra del SEÑOR a Jeremías: Envía un mensaje a toda la comunidad del exilio: "Así dijo el SEÑOR acerca de Semaías el nehelamita: Porque Semaías os profetizó, aunque yo no lo envié, y os hizo confiar en mentira, por tanto, así dijo el SEÑOR: Voy a castigar a Semaías el nehelamita y a su descendencia. No tendrá nadie de su linaje que habite entre este pueblo ni que vea el bien que yo haré a mi pueblo—declara el SEÑOR—porque ha aconsejado rebeldía contra el SEÑOR."

Jeremías 29:1–20 — Una carta enviada desde Jerusalén a la primera ola de exiliados en Babilonia (597 a.C.). El texto en sí está incompleto en nuestro extracto (se corta a mitad de la frase en el v. 15), pero contiene algunas de las promesas más amadas de la literatura profética: el llamado a establecerse en tierra extranjera, el horizonte de los setenta años, y la preciada declaración: «Yo sé los planes que tengo para vosotros, planes de bienestar y no de mal, para daros porvenir y esperanza».

Narration

Contexto Histórico y Cultural

Jeremías 29:1–20 comienza con una lista cuidadosa de los destinatarios de la carta: los sacerdotes, los profetas, los ancianos sobrevivientes de la comunidad del exilio, y todo el conjunto del pueblo que Nabucodonosor había llevado de Jerusalén a Babilonia. La carta está fechada después de la deportación del rey Jeconías (también conocido como Joacim), la reina madre, los funcionarios de la corte, y los artesanos y herreros expertos—un evento situado alrededor del 597 a.C. Dos enviados nombrados, Elasa hijo de Safán y Gemarías hijo de Hilcías, llevan el pergamino junto con una misión política separada del rey Sedequías a Nabucodonosor. La familia de Safán es significativa: Safán había sido secretario de Josías durante la gran reforma (2 Reyes 22), y el nombre Gemarías aparece en una famosa carta de Lacis del mismo período, evidenciando que la correspondencia de Jeremías se movía a través de canales diplomáticos reales. Los destinatarios no eran cautivos al azar, sino el liderazgo y la clase capacitada de Judá, reasentados en Babilonia bajo condiciones relativamente humanas. Aún esperaban un pronto regreso, y falsos profetas entre ellos—predicados por figuras como Hananías (cf. Jeremías 28)—estaban prometiendo la restauración dentro de dos años. Contra esta fiebre de falsa esperanza, Jeremías envía un horizonte de setenta años y una instrucción inesperada: asentarse, construir casas, plantar huertos, casarse, criar hijos, multiplicarse, y—lo más sorprendente—buscar el bienestar (el hebreo shalom) de la mismísima ciudad que había destruido la tuya. La geografía de este texto es, por tanto, el largo corredor entre Jerusalén y Babilonia: una ciudad vaciada con su templo roto, y una vasta llanura mesopotámica donde se les está diciendo a los judeanos desplazados que echen raíces. La era es el período tardío monárquico / temprano exílico, el gozne de la historia de Israel cuando el período del Primer Templo da paso al exilio babilónico. Josefo preserva el trauma de este momento y confirma tanto las deportaciones bajo Nabucodonosor como la voz profética continua de Jeremías durante el reinado de Sedequías (Antigüedades 10.6–10). Teológicamente, el pasaje se sitúa en la intersección del juicio y el consuelo: el exilio es un verdadero castigo divino, sin embargo, dentro de ese castigo el propósito paternal de Dios ya está obrando.

En la escena: lugar y tiempo

Ambientada en la era de los profetas y el exilio, abarcando el cautiverio babilónico y el período del primer templo davídico en Jerusalén, donde el pueblo de Dios lucha con el sufrimiento, el desplazamiento y la esperanza de restauración.

Significado del pasaje

Jeremías 29:1–20 es una carta pastoral que realiza tres actos teológicos al mismo tiempo. Primero, reconoce la realidad del sufrimiento. A los exiliados no se les dice que su desplazamiento sea algo pequeño o una ilusión. Jerusalén está en ruinas de un tipo particular: la elite ha sido removida, y una falsa teología de retorno rápido está siendo predicada por profetas 'que os profetizan falsamente en mi nombre.' El versículo 8 advierte a la comunidad que no se deje engañar: el falso consuelo es en sí mismo una forma de crueldad. Segundo, el pasaje reencuadra ese sufrimiento dentro del propósito más amplio de Dios. 'Yo sé los planes que tengo para vosotros, declara el Señor, planes para bienestar y no para mal, para daros un futuro y una esperanza' (vv. 11–13, en los versículos hacia los cuales apunta nuestro extracto). Este no es el optimismo de la negación sino el consuelo de un Padre que revela sus intenciones. La palabra hebrea para 'planes' (machashavot) es la misma palabra usada para los designios de Dios en el Salmo 33:10–11: donde las naciones conspiran en vano, el consejo del Señor permanece. Tercero, el pasaje exige una respuesta activa: construir, plantar, casarse, multiplicarse, buscar la paz de la ciudad y orar por ella. El consuelo en Jeremías nunca es resignación pasiva. Es la capacidad de vivir fielmente dentro del sufrimiento porque Dios mismo está presente dentro de él. La teología del consuelo del capítulo puede resumirse, por tanto, en tres movimientos: (1) Dios es soberano sobre el exilio: Él es quien los 'exilió' (v. 4); (2) Dios está presente en el exilio: 'Me buscaréis y me hallaréis, cuando me busquéis con todo vuestro corazón' (v. 13); (3) Dios pondrá fin al exilio en su propio calendario, con los 'setenta años' como figura de la plena paciencia divina más que como demora arbitraria. El sufrimiento, en esta teología, no es la última palabra; la promesa paternal de Dios lo es. Sin embargo, la última palabra tampoco es evasión: los exiliados son llamados a florecer, orar y amar cívicamente en el mismísimo lugar de su dolor.

Aplicación para Hoy

1. Rechaza el consuelo falso que llega demasiado pronto. Así como los exiliados fueron tentados por profetas que prometían «dos años», somos tentados por voces que minimizan el duelo, se apresuran más allá del lamento, o prometen un avance instantáneo. La advertencia del ameno en el versículo 8 es para toda edad: no permitas que los que profetizan falsamente fijen el calendario de tu sanidad. 2. Edifica donde Dios te ha puesto. El mandato de «edificar casas y habitar en ellas, plantar huertos y comer de su fruto» es extraordinariamente ordinario. Si estás en una temporada de desplazamiento—pérdida de empleo, enfermedad, divorcio, inmigración, sequía espiritual—la Palabra de la Palabra aquí no es «huye», sino «habita fielmente». Haz lo siguiente concreto: paga la renta, cocina la comida, enseña al niño, termina el proyecto. 3. Busca la shalom de la ciudad que te hiere. A los exiliados se les dijo que oraran por al Señor, no contra ella. Dondequiera que hayas sido herido, el llamado cristiano no es la venganza sino la intercesión. Bendice la institución, la familia, o la comunidad que te ha costado algo. La oración por los enemigos es la forma más práctica de consuelo, porque afloja la garra del rencor. 4. Sostén las promesas de Dios con mano abierta. El futuro que Dios promete en el versículo 11 es real, pero es futuro. Hemos de vivir ahora en la paciencia de los setenta años, confiando en que lo que la Palabra ha propuesto, Él también lo realizará. El consuelo no es la ausencia de horizontes prolongados; es la presencia de un Dios que camina con nosotros a través de ellos. 5. Haz de la oración tu primer reflejo en el dolor. «Cuando me invoques y vengas y ores a mí, yo te escucharé» (v. 12). El sufrimiento se vuelve insoportable cuando se vuelve sin palabras. La invitación de Jeremías es a traer cada gemido sin palabras al habla y confiar en que los oídos de la Palabra no están sordos.

Reflexión

Hay un tipo de sufrimiento que hace que el mundo se sienta pequeño. El exilio en Babilonia debe haberse sentido así: un pueblo pequeño en un imperio vasto, con los escombros de su templo y sus reyes perdidos. Dentro de esa pequeñez, Dios envía una carta. La carta no finge que el exilio ha terminado. No minimiza el dolor. Dice: yo los envié aquí. Yo conozco los planes. Construyan una casa. Cásense con sus hijos. Planten un huerto. Rueguen por esta ciudad. Y un día, después de setenta años, después de toda una vida humana, vendré y los traeré de regreso a casa. El Dios de Jeremías 29 no es un Dios que explica el sufrimiento, sino un Dios que entra en él. Es el Dios que escribe cartas en el desierto, que envía su palabra a través de hombres nombrados, que cuenta los años. El consuelo, en este texto, no es la eliminación del dolor, sino la revelación del propósito dentro del dolor. Ser consolado es saber que tu sufrimiento no ha caído de las manos de Dios, y que el mismo Señor que disciplina también "te reúne de todas las naciones" (v. 14). Cuando no puedes sentir su presencia, su palabra aún permanece. Cuando no puedes ver el futuro, sus planes aún se sostienen. Y cuando la noche es larga, los setenta años son largos, y la ciudad a tu alrededor se siente hostil, ruega por ella. Planta un huerto. Pon una mesa. El Señor de los ejércitos está con ustedes. El Dios de Israel no ha olvidado.

Preguntas frecuentes

Si Dios es amoroso, ¿por qué permitió que su pueblo fuera exiliado a Babilonia?

Jeremías 29 no esquiva esta pregunta. En el versículo 4, Dios dice: «Los exilé de Jerusalén a Babilonia». El exilio fue disciplina divina a través de un instrumento humano. Pero la disciplina era restauradora, no aniquiladora. El versículo 11 declara que los planes de Dios son para el bienestar, no para la calamidad, «para darles un futuro y una esperanza». El sufrimiento en esta teología es paternal, no punitivo: su propósito es el arrepentimiento, la formación y la eventual restauración. El consuelo no borra la vara; explica la mano del Padre que la sostiene.

¿Es el "setenta años" en Jeremías 29 una predicción literal o un número simbólico?

Históricamente, los "setenta años" se alinean notablemente bien con el lapso que va desde las primeras deportaciones (605/597 a.C.) hasta el edicto de Ciro que permitió a los exiliados regresar (539/538 a.C.). Pero setenta es también un número teológico de plenitud en la tradición hebrea (cf. los setenta ancianos, los setenta años de la permanencia de Jacob antes de descender a Egipto). Jeremías 29 fusiona la precisión histórica con la plenitud teológica: el reloj de Dios no es ni demasiado rápido ni demasiado lento, y siempre cumple Sus propósitos.

¿Por qué Dios ordena a su pueblo exiliado que ore por la paz de Babilonia?

Este es uno de los mandatos más impactantes del capítulo. «Buscar la paz (shalom) de la ciudad» significa que la misericordia de Dios no se circunscribe a su propio pueblo del pacto. El mismo imperio que destruyó Judá se convierte en objeto de intercesión. El mandato de Jesús de «amar a tus enemigos y orar por los que te persiguen» (Mateo 5:44) es el eco del Nuevo Testamento de este pasaje. El obstáculo milenariamente, revela que el consuelo cristiano no se logra mediante la retaliación, sino mediante la oración, y que el cuidado de Dios por las naciones es mucho más amplio de lo que frecuentemente asumimos.

HomeDiscoverBibleStudyMe