En la Valentía de los Corderos: La Fe y Confianza de los Setenta
Cuando el Señor envía a setenta discípulos entre lobos, no está entrenando soldados—está formando mensajeros que dependen de Él.
Después de estas cosas, el Señor designó a otros setenta, y los envió de dos en dos delante de su rostro a toda ciudad y lugar adonde él mismo había de venir. Y les dijo: La cosecha a la verdad es mucha, mas los obreros son pocos; rogad, pues, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su cosecha. Id; he aquí, yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis en el camino. En cualquier casa donde entréis, decid primero: Paz sea a esta casa. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros. Y en la misma casa permaneced, comiendo y bebiendo de lo que ellos tengan; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa. Y en cualquier ciudad donde entréis y os reciban, comed de lo que os pongan delante; y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: El reino de Dios se ha acercado a vosotros. Pero en cualquier ciudad donde entréis y no os reciban, salid por sus calles y decid: Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto: que el reino de Dios se ha acercado. Os digo que en aquel día será más tolerable para Sodoma que para aquella ciudad. ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, ya hace tiempo, sentándose en cilicio y ceniza, se habrían arrepentido. Más tolerable será para Tiro y Sidón en el juicio que para vosotras. Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abajada. El que a vosotros oye, a mí oye; y el que a vosotros desecha, a mí desecha; y el que a mí desecha, desecha al que me envió. Y volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo; y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan; sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Así es, Padre; porque así te agradó. Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar. Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron. Y he aquí, un intérprete de la ley se levantó, y para probarle dijo: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Respondiendo él, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriéndose justificar a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, los cuales le despojaron; y después de herirlo, se fueron, dejándolo medio muerto. Aconteció, pues, que un sacerdote descendía por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino llegó cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y vendándole las heridas, echándoles aceite y vino, lo puso en su cabalgadura, y lo llevó al mesón, y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, los dio al mesonero, y le dijo: Cuida de él; y todo lo que gastares de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Y él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo. Mientras iban de camino, él entró en una aldea; y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies del Señor, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con mucho servir; y acercándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado servir sola? Dile, pues, que me ayude. Pero el Señor le respondió: Marta, Marta
Lucas 10:1–20 registra el envío de los Setenta (o setenta y dos en la tradición alejandrina) por parte de Jesús, un espejo más reducido de los Doce, enviados delante de su rostro a todo lugar adonde él había de entrar. Solo Lucas preserva este episodio, enfatizando la misión llena de oración, la dependencia vulnerable y la sorprendente alegría de la autoridad delegada sobre demonios y enfermedades.