Fe y confianza

En la Valentía de los Corderos: La Fe y Confianza de los Setenta

Cuando el Señor envía a los setenta discípulos entre lobos, no está adiestrando soldados, sino formando mensajeros que dependen de Él.

BibleVibe Editorial5 min de lectura
Traducción:ESV
Lucas 10:1-20
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Después de estas cosas, el Señor designó a otros setenta, y los envió de dos en dos delante de su rostro a toda ciudad y lugar adonde él mismo había de venir. Y les dijo: La cosecha a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; rogad pues al Señor de la cosecha que envíe obreros a su cosecha. Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis en el camino. En cualquier casa que entréis, decid primero: Paz sea a esta casa. Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros. Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa. Y en cualquier ciudad que entréis, y os recibieren, comed lo que os pusieren delante; y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: El reino de Dios se ha llegado a vosotros. Pero en cualquier ciudad que entréis, y no os recibieren, salid por sus calles y decid: Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros; pero sabed esto, que el reino de Dios se ha llegado a vosotros. Os digo que en aquel día será más tolerable para Sodoma que para aquella ciudad. ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho las maravillas que se han hecho en vosotras, ya hace mucho, sentados en cilicio y ceniza, se habrían arrepentido. Más tolerable será para Tiro y Sidón en el juicio que para vosotras. Y tú, Capernaum, ¿que hasta el cielo serás exaltada? Hasta el Hades serás abajada. El que a vosotros os veta, a mí veta; y el que a mí veta, veta al que me envió. Y volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás, como rayo, caer del cielo. He aquí, os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo; y nada os dañará. Mas no os gocéis de que los espíritus se os sujetan; gozaos más bien de que vuestros nombres están escritos en los cielos. En aquella misma hora se regocijó Jesús en el Espíritu, y dijo: Te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me son entregadas de mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar. Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron. Y he aquí, un doctor de la ley se levantó, tentando a Jesús, y diciendo: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré eternal life? No wait, translating properly: ¿qué haré para heredar la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Y él, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Mas él, queriéndose justificar a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Y aconteció, que un sacerdote descendía por aquel camino; y viéndole, pasó de largo. Y asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, llegó cerca de él; y viéndole, fue movido a misericordia; y vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Y otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastares de más, yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Y él dijo: El que usó con él de misericordia. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo. Y aconteció que yendo ellos de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Y ella tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies del Señor, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres del servicio; y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me haya dejado servir sola? Dile, pues, que me ayude. Mas el Señor le respondió y dijo:

Lucas 10:1–20 registra el envío de los setenta (o setenta y dos según la tradición alejandrina) por parte de Jesús, un espejo menor de los Doce, enviados delante de su rostro a todo lugar donde él había de entrar. Solo Lucas preserva este episodio, subrayando la misión llena de oración, la dependencia vulnerable y la sorprendente alegría de la autoridad delegada sobre demonios y enfermedades.

Narration

Contexto Histórico y Textual

La narrativa de Lucas sitúa este envío poco después del ciclo del ministerio galileo que concluyó en una aldea samaritana (Lucas 9:51–56), y justo antes del viaje intencional de Jesús hacia Jerusalén. Los setenta son designados 'después de estas cosas' (Μετὰ δὲ ταῦτα), un conector lucano que señala una nueva etapa en la Missio Dei: el reino ahora es empujado hacia adelante antes de la llegada física del Rey. Su campo misionero consiste en las ciudades y aldeas galileas que bordean el lago—Corazín, Betsaida y Capernaúm (cf. Mateo 11:21–24)—cuyos mismos nombres resurgen en las reprensiones que siguen. Teológicamente, el envío de setenta discípulos hace eco de dos corrientes del Antiguo Testamento. Primero, recuerda a los setenta ancianos de Israel que recibieron una porción del espíritu de Moisés (Números 11:16–17, 24–26), un precedente en el que el mismo Lucas se apoya cuando registra a Eldad y Medad profetizando en el campamento. La comunidad lucana escucha en esta historia una delegación autorizada, empoderada no por ordenación formal sino por la distribución del 'Espíritu sobre hombres autorizados' (cf. también Marcos 6:7, donde Jesús 'comenzó a enviarlos de dos en dos'). Segundo, el número setenta (o setenta y dos) resuena con la tabla de las naciones en Génesis 10, sugiriendo que la misión se extiende hacia las naciones, anticipando la Gran Comisión de Lucas 24 y Hechos 1. Dentro del judaísmo del Segundo Templo, la figura del profeta itinerante de la era del ḥerem, que viaja ligero y sacude el polvo de pies inmundos, habría sido culturalmente inteligible. Josefo describe a predicadores de estilo celota y a los discípulos del desierto del Bautista en registros similares (Antigüedades 18.5.2; cf. Guerra de los Judíos 2.8.1), y el tratado mishnaico Berakhot codifica posteriormente reglas sobre no saludar a nadie en el camino (Berakhot 6a–b), sugiriendo el instinto halájico de la era sinagogal detrás de la prohibición. Las instrucciones de Jesús, sin embargo, invierten la espada del Celota por la vulnerabilidad del cordero—el cordero no es ingenuo respecto al lobo, sino que es enviado precisamente porque el Pastor los acompañará.

En el suelo

Ambientada en la era de los Evangelios alrededor del mar de Galilea, Belén y Nazaret, donde Jesús enseñó sobre la fe y envió a los setenta discípulos.

Lo que el Texto Significa

Lucas 10:1–20 construye una teología de cuatro cámaras de la fe como confianza bajo autoridad delegada. Primero, la fe comienza en la oración (v. 2). Antes de que los discípulos sean enviados, se les enseña a orar por quienes envían: "Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies". La fe aquí no es valentía autogenerada; es el reconocimiento de que la misión pertenece a un Señor y de que las manos del obrero son simplemente aquellas a las que Él ajusta el guante. El verbo ἐκβάλῃ ("echar fuera, expulsar") es incisivo: Dios debe compelir al renuente, tal como compelió a Felipe (Hechos 16:7) y a Jonás (Jonás 1:4). Segundo, la fe prospera en la vulnerabilidad (vv. 3–4). " Corderos en medio de lobos" no es una metáfora romántica; es una comparación que presume peligro (cf. Juan 10:12, donde el asalariado huye del lobo). La ausencia de bolsa es una teología de la provisión: si el Señor de la mies posee el campo, sus mensajeros no necesitan llevar una herencia a través de él. Tercero, la fe descansa sobre el "hijo de paz" (v. 6). La liturgia hebrea de shalom se reconfigura para la misión: "Paz sea a esta casa". Si descansa o no depende del oyente, pero el saludo misional mismo es un acto de fe: confiar en que la tierra fértil está en alguna parte dentro. Cuarto, la fe se regocija en la autoridad delegada (vv. 17–20). Los Setenta regresan con gozo de que los demonios se les sujetan "en tu nombre". Jesús inmediatamente reencuadra su gozo, elevándolo de lo triunfal ("Los echamos fuera") a lo escatológico ("Vuestros nombres están escritos en los cielos"). La fe no ha sido validada por el éxito de una misión, sino por la confirmación de una identidad: "Ustedes pertenecen". Satanás ya es un cometa caído; las victorias visibles son ecos de un veredicto ya pronunciado. El capítulo, por tanto, traza un mapa de una fe que no se aferra a sus propios recursos, reordena sus gozos de los resultados a la ontología, y encomienda su seguridad a un Señor que va delante de su propio rostro (πρὸ προσώπου). Esta es la misma forma de fe recomendada en el Templo, cuando Ana "confía" (hebreo: בטח, bāṭaḥ) en el Señor contra toda evidencia empírica (1 Samuel 1), o cuando David rechaza la armadura de Saúl para enfrentar a Goliat (1 Samuel 17). Los Setenta no son héroes excepcionales de la fe; son discípulos ordinarios que caminan hacia una obediencia extraordinaria.

Cómo vivimos esto hoy

Las setenta y dos instrucciones pueden corresponderse con la vida cristiana cotidiana. (1) Ora antes de partir. Muchos de nosotros ya conocemos el campo; lo que no hemos hecho es pedir al Señor de la mies que envíe o retire a los trabajadores. La primera obra de un cristiano es la oración del v. 2, pidiendo a Dios que haga el envío. (2) Viaja ligero. Las posesiones no son el problema; la acumulación sí lo es. Un cristiano que practica la fe como confianza pregunta: «¿Qué en mi guardarropa, mis ahorros, mi agenda está actuando como una bolsa privada que impide la dependencia de mi Padre?» Algunos santos renuncian a lo redundante; otros renuncian a la ilusión de autosuficiencia. Ambos llevan a cabo el mismo mandato. (3) Recibe y permanece. En una cultura que pasa de un hogar a otro cada cuarto de hora, Jesús dice: permanece. Come lo que te sirvan. La sanación es el trabajo largo y sin glamour de estar presente en un solo lugar el tiempo suficiente para que el shalom eche raíces. La presencia fiel en un solo banco de iglesia a menudo supera la amabilidad pasajera en cien salones. (4) Habla del reino aun cuando sacudas el polvo. Si la conversación termina, no te enfurezcas, pero tampoco finjas que el evangelio fue ofrecido solo como una opción cortés. El reino se acercó antes de que nadie lo creyera. La cercanía misma es un hecho que tu lengua está llamada a declarar. (5) Reenmarca tus gozos. Cuando la única medida se convierte en el resultado (clientes ganados, reuniones cerradas, problemas resueltos), el discípulo queda empobrecido. Cuando la medida se convierte en «mi nombre está escrito en el cielo», la pequeña obediencia de un martes oscuro queda anclada a un peso eterno de gloria. La fe no elimina el gozo de ver huir a los demonios; lo sitúa dentro de un gozo más grande.

Reflexión

¿Cómo se ve vivir como una persona enviada setenta veces en una oficina de catorce personas o en un dormitorio con cuatro literas? La mayoría de nuestros días nunca будут puntuados por una autoridad espiritual visible. Estarán puntuados por hilos de correos electrónicos, por niños pequeños que no quieren dormir, por pasillos de hospitales, por hojas de cálculo cuyas unidades no comprendemos. El texto que hemos abierto no nos exime de esos minutos. Nos dice que el Señor de la mies camina delante de su propio rostro, y que todavía nos envía de dos en dos. Hay un consuelo peculiar en pertenecer a un número tan ordinario como «dos» y tan amplio como «setenta». No eres los Doce en ese número; eres parte de una delegación cuyo envío no dependió de un solo rostro famoso. ¿Qué podrías orar esta semana? ¿Que Él envíe laborers? ¿Que vacíe tu bolsa? ¿Que te dé un «hijo de paz» sobre quien descansar? ¿Que inscriba tu nombre una vez más, y vuelva a torcer tu gozo desde los trofeos que expiran hacia el veredicto que no expira? En Lucas 10, los discípulos volvieron con gozo por el poder visible. Jesús dobló ese gozo hacia algo más confidencial y más duradero: «No os regocijéis de que los espíritus se os sometan; regocijaos de que vuestros nombres están escritos en el cielo». Quizás la práctica más profunda de fe y confianza esta semana no sea aprender cómo expulsar algo, sino aprender cómo ser inscrito. Estar sentado, registrado, firmado en el libro de la vida del Cordero antes de cualquiera de sus encargos. La mies es abundante. El Cordero va delante de ti. No sacudas nada excepto el polvo que no pertenece a tu camino.

Preguntas frecuentes

¿Por qué setenta (o setenta y dos)?

Setenta es un número simbólicamente completo en la Biblia hebrea: representa tanto el concilio pleno de ancianos de Israel (Números 11) como la tabla de las naciones (Génesis 10). La elección de Lucas señala una misión que se expande hacia afuera, hacia los gentiles, anticipando Hechos 1–2.

¿Realmente Jesús les prohibió una bolsa y sandalias?

El mandamiento es una postura teológica más que una regla permanente: la dependencia del anfitrión. El emparejamiento de dos en dos, llevar sandalias (para sacudir el polvo) y la hospitalidad local supuesta implican provisión básica. Pablo citó este principio de que el obrero es digno de su salario (1 Tim 5:18) sin afirmar jamás que los Setenta nunca compraran pan.

¿'No saludar a nadie en el camino' era una costumbre judía?

Sí. La halajá rabínica (m. Berakhot 6a–b) registra que aquellos ocupados en recados espiritualmente trascendentales —una escolta de bodas, una procesión fúnebre— eran liberados de la obligación habitual de saludar a todos. Jesús lo intensifica para la misión: el camino del evangelio prohíbe la charla intrascendente hasta encontrar la casa de paz.

¿Qué significa 'vuestros nombres están inscritos en el cielo'?

Evoca el motivo del registro celestial (cf. Isaías 4:3, Apocalipsis 21:27, 'el libro de la vida'). La identidad de uno es confirmada por el veredicto divino, no por el éxito visible. La fe-como-confianza descansa en estar inscrito antes de que ninguno de los encargos enviados fuera cumplido.

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