Hechos uno en Él: El fundamento de la fe y la confianza
En Mateo 19:1–20, Jesús ancla la fe en una promesa indisoluble: lo que Dios ha unido, nadie puede separar.
Y aconteció que cuando Jesús hubo acabado estas palabras, partió de Galilea, y vino a los términos de Judea, al otro lado del Jordán; y le siguieron grandes multitudes, y los sanó allí. Y se acercaron a él los fariseos, tentando, y diciendo: ¿Es lícito al hombre repudiar a su esposa por cualquier causa? Y él respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo desde el principio, macho y hembra los hizo, y dijo: Por esta causa el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne? Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. Le dicen: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? Él les dice: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras esposas; mas al principio no fue así. Y yo os digo que cualquiera que repudia a su esposa, excepto por causa de fornicación, y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio. Los discípulos le dicen: Si así es la condición del hombre con su esposa, no conviene casarse. Pero él les dijo: No todos pueden recibir esta palabra, sino aquellos a quienes es dado. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres; y hay eunucos que se hicieron eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos. El que puede recibir esto, que lo reciba. Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese las manos sobre ellos, y orase; y los discípulos les reprendieron. Mas Jesús dijo: Dejad a los niños, y no se lo impidáis, de venir a mí; porque de los tales es el reino de los cielos. Y poniendo las manos sobre ellos, partió de allí. Y he aquí, uno vino y le dijo: Maestro, ¿qué bien haré, para tener la vida eterna? Y él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno hay que es bueno; pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le dice: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás; no cometerás adulterio; no hurtarás; no dirás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre; y, amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dice: Todo esto he guardado desde mi juventud; ¿qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme. Pero el joven, oyendo esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Y otra vez os digo: Es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios. Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible. Entonces respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos? Y Jesús les dijo: De cierto os digo, que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o esposa, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces tanto, y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros; y postreros, primeros.
Mateo 19:1–20 (ESV) registra la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, los niños y la vida eterna — mostrando que la fe verdadera recibe lo que Dios da, confía en Su diseño desde el principio, y descansa no en el esfuerzo humano sino en el pacto del Creador.