Tarde en el Día, Sin Embargo Pagados con Generosidad
La generosidad del dueño de la casa revela que la fe no se trata de las horas trabajadas, sino de la confianza depositada en el Maestro.
Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana temprano a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Y saliendo como a la hora tercera, vio a otros que estaban ociosos en la plaza; y les dijo: Id también vosotros a la viña, y os daré lo que fuere justo. Y ellos fueron. Salió otra vez como a la hora sexta y a la novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban ociosos; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos? Le dicen: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña. Y cuando fue la tarde, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros, y págales el jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros. Y viniendo los que habían sido contratados cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Y viniendo los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero,他们也各得了一个 denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos últimos han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el bochorno. Pero él respondió y dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este último, igual que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tu ojo es malo porque yo soy bueno? Así, los últimos serán primeros, y los primeros últimos. Y subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los doce discípulos, y en el camino les dijo: He aquí, subimos a Jerusalén; y el Hijo del hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para que se burlen de él, y le azoten, y le crucifiquen; y al tercer día resucitará. Entonces se acercó a él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose y pidiéndole algo. Y él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Manda que en tu reino se sienten estos mis dos hijos, uno a tu derecha, y otro a tu izquierda. Entonces Jesús respondió y dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el vaso que yo voy a beber? Ellos le dijeron: Podemos. Él les dijo: A la verdad, mi vaso beberéis; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino que es para quienes ha sido preparado por mi Padre. Y cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: Sabéis que los príncipes de los gentiles se enseñorean de ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos. No será así entre vosotros; el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo; así como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. Y saliendo ellos de Jericó, una gran multitud le seguía. Y he aquí, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que pasaba Jesús, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! Y la multitud les reprendió para que callasen; pero ellos clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! Entonces Jesús se detuvo, y los llamó, y dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos. Y Jesús, movido a compasión, les tocó los ojos; y al instante sus ojos recibieron la vista, y le siguieron.
Mateo 20:1–20 contrasta el mérito humano con la misericordia divina. Jesús cuenta una parábola sobre un propietario que contrata trabajadores a lo largo del día y a todos les paga el mismo salario, e inmediatamente pasa a predecir su propio sufrimiento — una ventana a un reino donde los últimos son primeros y los primeros son últimos.