El invitado: Confiar en la invitación
El banquete está preparado, el Rey llama — pero ¿trocarás la convocatoria por un campo o un mercado?
Y Jesús respondió y volvió a hablarles en parábolas, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los que habían sido invitados a las bodas; pero ellos no quisieron venir. Y volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los que están convidados: He aquí, mi comida está preparada; mis toros y mis animales cebados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas. Mas ellos no hicieron caso, y se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; y otros, tomando a sus siervos, los afrenteyaron y los mataron. Y el rey se airó, y envió sus ejércitos, y destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas están preparadas, mas los que fueron convidados no eran dignos. Id, por tanto, a los caminos de las salidas, y a cuantos halléis, llamad a las bodas. Y saliendo aquellos siervos por los caminos, reunieron a todos los que hallaron, buenos y malos; y las bodas se llenaron de convidados. Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido con el traje de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí sin tener el traje de boda? Y él enmudeció. Entonces dijo el rey a los siervos: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos. Entonces fueron los fariseos y tomaron consejo para sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios con verdad, y que no te cuidas de nadie; porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, percibiendo su malicia, dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Y él les dice: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Entonces les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César; y a Dios lo que es de Dios. Y oyéndolo, se maravillaron, y dejándole, se fueron. Aquel día se acercaron a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muere sin tener hijos, su hermano se casará con la mujer de él, y levantará descendencia a su hermano. Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió sin tener descendencia; y dejó su mujer a su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer? porque todos la tuvieron. Entonces Jesús respondió y les dijo: Erráis, no conociendo las Escrituras, ni el poder de Dios. Porque en la resurrección ni se casan, ni se dan en casamiento; sino que son como los ángeles de Dios en el cielo. Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Y oyéndolo las multitudes, se maravillaban de su doctrina. Pero los fariseos, cuando oyeron que había callado a los saduceos, se juntaron a una. Y uno de ellos, que era intérprete de la ley, le preguntó para probarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu amado, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y el gran mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas. Y estando reunidos los fariseos, Jesús les preguntó, diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Ellos le dijeron: De David. Él les dijo: ¿Cómo entonces David, siendo David, le llama Señor en el Espíritu, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Si David, pues, le llama Señor, ¿cómo es su hijo? Y nadie, ninguno le podía responder palabra; ni desde aquel día nadie se atrevió a preguntarle más.
Mateo 22:1-20 contiene dos escenas entrelazadas: la Parábola del Banquete de Bodas (vv. 1-14) y el comienzo de la Pregunta sobre el Tributo (vv. 15-20). Los versículos escogidos para este devocional se centran principalmente en la parábola, donde la invitación del Rey se encuentra con la indiferencia, la hostilidad y finalmente con un invitado desprevenido. La fe aquí no es simplemente creer que el banquete es real, sino la confianza viva que se despoja del viejo vestido y se reviste de lo que el Anfitrión provee.