El Padre que ve en lo secreto
La fe no es una actuación en un escenario, sino un susurro en una habitación cerrada donde el Padre escucha.
Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos: de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando pues des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las plazas, para tener gloria de los hombres. De cierto os digo, que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha: para que tu limosna sea en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque ellos aman el orar en las sinagogas, y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres. De cierto os digo, que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles; porque piensan que por su mucho hablar serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe las cosas que habéis menester antes que vosotros se las pidáis. Vosotros pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Y perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Y cuando ayunéis, no seáis como los hipócritas, de triste countenance; porque ellos demudan sus rostros para parecer a los hombres que ayunan. De cierto os digo, que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro; para que no parezcas a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará. No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan: mas haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo: así que, si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso. Mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo será tenebroso. Si pues la luz que en ti hay es tinieblas, ¿qué tan grandes serán las tinieblas? Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón. Por tanto os digo: No os congojéis por vuestra vida, qué comeréis, o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros, por mucho que se congoje, podrá añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os congojáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan, ni hilan; y sin embargo os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no os vestirá mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os congojéis pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; que vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. No os congojéis pues por el día de mañana; que el día de mañana traerá su congoja. Basta al día su propio mal.
Mateo 6:1-20, extraído del Sermón del Monte, reúne tres actos de piedad judía — la limosna, la oración y el ayuno — y reorienta cada uno apartándolo de la mirada de la multitud y dirigiéndolo hacia la mirada del Padre invisible. La frase repetida 'tu Padre que ve en lo secreto' (vv. 4, 6, 18) se convierte en el latido del pasaje: la atención divina es lo que la fe busca, no el aplauso humano.