Manteniendo la fe y la confianza en la revelación
Cuando Cristo aparezca en gloria, ¿cómo pueden los creyentes confiar en el Fiel en medio del sufrimiento?
La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos las cosas que deben acontecer pronto; y la envió y la manifestó por medio de su ángel a su siervo Juan, el cual ha dado testimonio de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas que en ella están escritas, porque el tiempo está cerca. Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, de parte del que es y que era y que ha de venir; y de los siete espíritus que están delante de su trono; y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén. He aquí que él viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todas las tribus de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. Yo Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo. Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Lo que ves, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias: a Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardis, a Filadelfia y a Laodicea. Entonces me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana blanca, como la nieve; sus ojos, como llama de fuego; sus pies, como bronce bruñido, refinado como en un horno; y su voz, como la voz de muchas aguas. En su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro brillaba como el sol en su fuerza. Cuando le vi, caí a sus pies como muerto. Entonces él puso su mano derecha sobre mí, diciendo: No temas; yo soy el primero y el último, y el que vive; y estuve muerto, pero he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén; y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Escribe, pues, las cosas que has visto, las que son y las que han de acontecer después de estas. El misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha, y de los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros son las siete iglesias.
Apocalipsis 1 se abre con una revelación dada por Dios Padre a Jesucristo, quien la dio a conocer por medio de Su ángel a Su siervo Juan en Patmos. El capítulo presenta a Cristo como "el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra", fundamentando nuestra fe en Su carácter y Su obra consumada.