Raquel, la amada esposa de Jacob, soportó largos años de esterilidad hasta que Dios se acordó de ella y le respondió; murió al dar a luz a Benjamín y fue sepultada en el camino de Belén.
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Vida e historia
Raquel, la hija de Labán, fue profundamente amada por Jacobo desde el momento en que la conoció junto al pozo en Harán (Génesis 29:18). Para ganarla como esposa, Jacobo sirvió voluntariamente a Labán durante siete años, un período de labor que reflejaba la intensidad de su afecto por Raquel. Ella se convirtió en una de las dos esposas de Jacobo junto con su hermana mayor Lea, y la tensión entre ambas hermanas recorre toda la narrativa de Jacobo. La lucha definitoria de Raquel fue su prolongada esterilidad, que se convirtió en la angustia más profunda de su vida. En su aflicción, suplicó a Jacobo y finalmente entregó a su sierva Bilha a Jacobo como sustituta para asegurar descendencia. Pero Dios se acordó de Raquel y respondió a su súplica, abriendo su vientre para que pudiera tener hijos (Génesis 30:22). Llamó a su primogénito José, y a su segundo hijo Benjamín, cuyo nacimiento le costó la vida. Murió en el camino hacia Efrata, que es Belén (Génesis 35:19). El legado de Raquel está entretejido en la memoria de Israel. Su lugar de muerte y sepultura, cerca de Belén, se conecta con la expectativa mesiánica posterior, ya que la profecía de Miqueas señala a Belén como el lugar de nacimiento del gobernante venidero. Su vida encarna los temas de la lucha y la vindicación divina: Dios se acuerda del sufrimiento, escucha la oración ferviente y actúa donde la esperanza humana se agota. Como madre de José y Benjamín, el lugar de Raquel en la familia del pacto de Israel se extiende a lo largo de toda la historia redentora de las Escrituras.