Limpiando sus corazones por la fe: no hay yugo donde reside la confianza
Cuando llega la fe, el yugo se desvanece: el Concilio de Jerusalén testifica que la salvación descansa en la gracia, no en el ritual.
Y ciertos hombres descendieron de Judea y enseñaban a los hermanos, diciendo: Si no os circuncidáis conforme a la costumbre de Moisés, no podéis ser salvos. Y como Pablo y Bernabé tuviesen no pequeña disensión y discusión contra ellos, los hermanos resolvieron que Pablo y Bernabé, y algunos otros de ellos, subiesen a Jerusalén a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos pues, siendo encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Y cuando llegaron a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y por los apóstoles y por los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos que habían creído se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés. Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para tratar este asunto. Y habiendo habido larga discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace tiempo que Dios escogió entre vosotros que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo también como a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.
Hechos 15:7-9 registra el testimonio decisivo de Pedro ante los apóstoles y ancianos en Jerusalén: «Dios eligió entre vosotros, para que por mi boca los gentiles oyesen la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo, igual que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando sus corazones por la fe». Este es el eje teológico del capítulo: la fe precede al ritual, y el Espíritu Santo valida el corazón incircunciso del gentil antes de que se imponga yugo alguno.